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Hay momentos en los que parece que al mundo le sobra ruido y le falta humanidad.
Demasiadas palabras que dividen, demasiadas apariencias que engañan, demasiada prisa para detenernos a mirar realmente al otro.
Y quizás por eso, hoy más que nunca, el mundo necesita poetas.
Necesita artistas que conviertan una emoción en belleza.
Necesita portadores de paz, personas capaces de tender una mano cuando otros levantan muros.
Necesita hombres y mujeres sabios, no necesariamente por sus títulos, sino por todo aquello que aprendieron al caminar, caer, levantarse y volver a empezar.
Necesita reparadores de corazones rotos, de esos que no preguntan demasiado cuando alguien sufre, sino que simplemente se quedan.
Necesita sembradores de amor, porque hay gestos pequeños que pueden cambiarle el día —y a veces la vida— a otra persona.
Y necesita soñadores.
Soñadores eternos que no permitan que las modas, las opiniones ajenas o las convenciones sociales les roben la capacidad de imaginar un mundo diferente.
Personas originales.
Un poco locas, quizás.
De esas que se atreven a pensar distinto, a caminar por caminos que todavía no aparecen en los mapas y a defender aquello en lo que creen, aun sabiendo que no van a agradarle a todo el mundo.
Porque madurar también es comprender que no nacimos para gustarle a todos.
Nacimos para ser nosotros mismos.
El mundo necesita personas capaces de mirar más allá de las apariencias. De escuchar no solamente lo que alguien dice, sino también aquello que calla. Personas que sepan descubrir historias detrás de una mirada, tristeza detrás de una sonrisa y esperanza allí donde otros solamente ven oscuridad.
Necesita viajeros eternos, no solamente de caminos y geografías, sino de sueños, ideas y emociones.
Personas capaces de mirar más allá de las paredes, de los límites y de los "no se puede".
Necesita sembradores de dudas, porque una pregunta puede abrir una puerta que durante años permaneció cerrada.
Necesita constructores de puentes, porque quizás una de las tareas más hermosas de esta vida sea acercar aquello que parecía destinado a permanecer separado.
Necesita locos.
Locos de esperanza.
Locos de amor.
Locos de sueños.
Locos que todavía crean que una palabra amable puede cambiar una mañana, que un abrazo puede aliviar una tristeza y que un pequeño acto de bondad puede comenzar una transformación enorme.
El mundo necesita visionarios que se animen a imaginar lo que todavía no existe.
Y necesita soñadores que, aun después de haber conocido las decepciones de la vida, no hayan olvidado cómo volver a soñar.
Porque quizás sanar al mundo no sea una tarea gigantesca reservada para unos pocos.
Quizás empiece mucho más cerca.
En la manera en que miramos.
En cómo escuchamos.
En cómo tratamos a quien tenemos al lado.
En la capacidad de perdonar.
En la valentía de amar.
En la decisión de seguir creyendo.
Por eso, si alguna vez te dijeron que eres demasiado sensible, demasiado soñador, demasiado diferente o demasiado "loco" para este mundo, no tengas tanta prisa por cambiar.
Tal vez esa sensibilidad sea precisamente lo que hace falta.
No dejes que el mundo apague aquello que te hace único.
Sigue soñando.
Sigue creando.
Sigue amando.
Sigue tendiendo puentes.
Sigue siendo esa persona que mira donde otros no miran y siente donde otros dejaron de sentir.
Porque mientras existan seres humanos capaces de sembrar amor en medio del ruido, siempre habrá una posibilidad de sanar.
Y quizá el mundo no necesite que todos pensemos igual.
Quizá simplemente necesite que haya más personas dispuestas a hacerlo un poco más hermoso mientras lo atraviesan.