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EL EGO ESPIRITUAL

Hay momentos en la vida en los que creemos estar buscando paz, conciencia y crecimiento interior, cuando en realidad estamos intentando construir una versión más perfecta de nosotros mismos.

Y allí aparece una de las trampas más silenciosas del ego: el ego espiritual.

Porque el ego también puede vestirse de humildad. Puede hablar de paz, de amor, de conciencia, de evolución. Puede decirnos que debemos estar siempre tranquilos, que ya no deberíamos enojarnos, sentir miedo, tener inseguridades o atravesar momentos de tristeza.

“Debería estar más en paz.”

“Una persona consciente no reaccionaría así.”

“Ya debería haber superado esto.”

“Necesito vibrar más alto.”

Y sin darnos cuenta, comenzamos a juzgarnos por ser humanos.

Quizás ahí esté una de las grandes confusiones de nuestro camino interior: observar no es lo mismo que juzgar.

El testigo observa.

El juez condena.

Cuando simplemente observamos lo que sucede dentro nuestro, podemos descubrir la ira sin convertirnos en la ira. Podemos mirar el miedo sin pensar que somos cobardes. Podemos reconocer una herida sin vivir para siempre dentro de ella.

No necesitamos expulsar inmediatamente aquello que sentimos.

Podemos simplemente verlo.

Y quizás esa sea una de las formas más profundas de conciencia: tener la valentía de mirar lo que somos sin maquillarlo y sin castigarnos por ello.

Porque incluso después de sentir miedo puede aparecer la culpa.

Y entonces creemos que tenemos que trabajar sobre la culpa.

Pero también podemos observarla.

Sin pelear.

Sin escapar.

Sin intentar convertirnos, de inmediato, en alguien diferente.

El problema comienza cuando la búsqueda espiritual se transforma en otra forma de exigencia.

Queremos ser más buenos, más pacientes, más sabios, más tranquilos, más conscientes. Y terminamos construyendo otro personaje: el personaje de quien “ya despertó”, de quien “comprendió”, de quien está por encima de determinadas emociones.

Pero debajo de esa apariencia puede seguir estando la misma necesidad de siempre: ser alguien.

Ser especial.

Ser reconocido.

Ser diferente.

Solo que ahora el ego cambió de ropa.

Ya no dice: “Quiero ser más importante”.

Ahora susurra:

“Quiero ser más consciente.”

Y entonces aparece una pregunta incómoda, pero profundamente humana:

¿Quién quiere ser más consciente?

Tal vez no se trate de fabricar un ego más luminoso.

Tal vez se trate de dejar de identificarnos completamente con él.

Porque somos mucho más que aquello que pensamos.

Somos también aquello que observa nuestros pensamientos.

Somos más que el miedo que aparece una tarde.

Más que la tristeza que nos visita.

Más que aquella reacción que después lamentamos.

Más que nuestras heridas, nuestros éxitos, nuestros fracasos y las etiquetas con las que aprendimos a definirnos.

Quizás despertar no sea convertirnos en una versión perfecta de nosotros mismos.

Quizás sea dejar de luchar permanentemente contra quienes somos.

Aprender a mirarnos con honestidad.

Aceptar que todavía estamos aprendiendo.

Que podemos enojarnos y después comprender.

Que podemos equivocarnos y después pedir perdón.

Que podemos tener miedo y aun así avanzar.

Que podemos caer sin que nuestra caída defina toda nuestra historia.

La verdadera conciencia no necesita gritar que es consciente.

No necesita demostrar superioridad.

No necesita compararse.

A veces simplemente permanece en silencio.

Observa.

Comprende.

Y deja pasar.

Tal vez el verdadero crecimiento interior no consista en tener un ego más puro, sino en descubrir aquello que existe en nosotros y que no necesita ser perfeccionado.

Ese lugar donde no necesitamos aparentar.

Donde no necesitamos ser mejores que nadie.

Donde tampoco necesitamos demostrar que somos espirituales.

Simplemente estar.

Respirar.

Sentir.

Observar.

Y comprender.

Porque quizá, después de tantos años intentando convertirnos en alguien, la vida nos esté invitando a una tarea mucho más sencilla y profunda:

dejar de confundirnos con el personaje.

Y entonces queda el silencio.

La conciencia.

El ser.

Y esa paz que no necesita explicarse.



Autor:Bianca

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