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CRIAR NIÑOS QUE SEPAN DECIR NO

Sí para no molestar.

Sí para no decepcionar.

Sí para que los quieran.

Sí aunque no tengan ganas.

Sí aunque algo les haga daño.

Y muchas veces no nacieron así. Aprendieron a serlo.

Lo aprendieron en una casa donde, con las mejores intenciones, les enseñaron a obedecer antes que a pensar, a complacer antes que a expresar lo que sentían, a callar antes que a preguntar.

Por eso, criar no es solamente enseñar a un niño a portarse bien. También es enseñarle a cuidarse.

Un niño debería saber que su cuerpo le pertenece. Que no está obligado a dar un beso, un abrazo o una caricia si no quiere. Que puede saludar de otra manera. Respetar a los demás también significa aprender a respetarse a sí mismo.

Porque un niño que aprende que sus límites importan tendrá más herramientas para reconocer los límites de los demás y para defender los propios.

También necesita saber que puede pensar diferente.

Que decirle a mamá o a papá "no estoy de acuerdo" no significa faltar el respeto. Que preguntar "¿por qué?" no es rebeldía. Que tener una opinión propia no es desafiar la autoridad.

Educar no debería consistir en fabricar obediencia ciega, sino en formar criterio.

Y tampoco podemos resolverles absolutamente todo.

Hay problemas que los adultos debemos solucionar y otros que nuestros hijos necesitan aprender a enfrentar. A veces queremos ahorrarles una frustración, una caída, una equivocación o una pequeña tristeza.

Pero en cada dificultad que atraviesan con nuestro acompañamiento, están construyendo herramientas para la vida.

No se trata de abandonarlos frente al problema.

Se trata de estar cerca sin vivir por ellos.

 

También debemos enseñarles algo que puede ser incómodo: no todas las personas tienen buenas intenciones.

Eso no significa criar niños desconfiados o temerosos del mundo. Significa enseñarles a observar, a escuchar su intuición, a pedir ayuda cuando algo les incomoda y a reconocer situaciones que no son seguras.

Decirles "no hables con desconocidos" no alcanza.

Hay que enseñarles qué hacer cuando alguien les pide que guarden un secreto que los hace sentir mal, cuando alguien intenta comprar su silencio, cuando alguien los amenaza o cuando una persona adulta les dice que no deben contarle algo a sus padres.

La información también protege.

Y hay otra enseñanza fundamental: equivocarse no convierte a nadie en un fracaso.

Dejemos que nuestros hijos se equivoquen en aquellas cosas que pueden aprender a reparar.

Que pierdan alguna vez.

Que se frustren.

Que intenten nuevamente.

Que descubran que después de una caída también existe la posibilidad de levantarse.

Porque la vida no siempre va a tener a mamá o papá detrás para resolver cada problema.

Y quizá una de las mayores enseñanzas sea aprender a estar consigo mismos.

Un niño que descubre que puede jugar solo, pensar solo, crear, leer, imaginar y disfrutar de su propia compañía no necesitará aferrarse a cualquiera para sentirse acompañado.

Aprenderá que estar solo no siempre significa estar vacío.

Y, sobre todo, enseñémosles que no necesitan la aprobación permanente de los demás para saber cuánto valen.

Un aplauso no determina su valor.

Una calificación no determina su valor.

Un "like" no determina su valor.

El rechazo de alguien tampoco.

Su valor está en aquello que están construyendo dentro de sí.

Criar un niño con carácter no significa criar un niño agresivo.

Poner límites no significa faltar el respeto.

Decir que no no significa ser malo.

Pensar diferente no significa ser rebelde.

Defenderse no significa atacar.

Quizás educar sea, en buena medida, preparar a nuestros hijos para que algún día puedan caminar sin nosotros.

Y ese día llegará.

Por eso, mientras todavía podamos tomarles la mano, enseñémosles también a soltarla.

No para que hagan todo solos.

Sino para que sepan cuándo pedir ayuda, cuándo confiar, cuándo alejarse, cuándo insistir y, sobre todo, cuándo decir:

"No. Esto no quiero. Esto no me hace bien. Esto no está bien."

Porque un niño que aprende a poner límites no está aprendiendo a ser egoísta.

Está aprendiendo a cuidarse.

Y quizá ese sea uno de los regalos más grandes que podemos dejarle para toda la vida: la libertad de ser quien es, la fortaleza para defenderse y el criterio para elegir a quién deja entrar en su mundo.



Autor:Editorial

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