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Los Ojos del Dolor

Dicen que el dolor tiene ojos.

Ojos que no parpadean. Ojos que se quedan fijos en la herida como si la herida fuese un altar o una consigna que no se puede traicionar.

Y es que cuando algo duele, la mirada se encapricha, se queda ahí, clavada, como un perro  hipnotizado por su propia sombra y entonces se nos antoja  que mirar es entender, que mirar es procesar, que mirar es sanar.

Pero no, a veces mirar es hundirse.

El dolor es astuto y se alimenta de nuestra atención, se agranda cuando lo nombramos, cuando lo pensamos, cuando lo acariciamos sin querer con ese dedo de la mente que siempre vuelve al mismo lugar, ahí… justo ahí… donde arde, donde lastima, donde hiere.

Y así le damos poder, le cedemos el mando, la voz, el pulso, el eje.

Le entregamos el timón como si supiera navegar cuando en realidad, solo sabe naufragar, porque el dolor no quiere que lo soltemos.

Quiere que lo miremos de frente, que bajemos la cabeza, que nos pongamos a su altura y le pidamos permiso para avanzar.

Pero hay un momento, en que algo adentro dice basta.

Un quiebre leve, una rayita de luz en medio de la negrura...y es cuando entiendes que el dolor no es un oráculo, ni un juez, ni un dios al que haya que rendirle honores.

Es solo un recuerdo inflamado, esa historia que ya pasó pero sigue gritando como si todavía estuviera sucediendo.

La mirada…ay, la mirada.

La mirada puede convertirse en un arma o en una trampa, en un cuchillo que abre más la herida, o en la fuerza que nos permite dejar de rascarla.

Puede ser una prisión que nos retiene o la puerta que, por fin, decidimos empujar para salir.

Y nos tiene presos... pero la libertad empieza cuando uno decide mirar otra cosa, cuando dejo de ofrendarle cada día el sacrificio de mi atención y comprendo que, en ese territorio íntimo donde nadie mira, el dolor pierde su fuerza... su talón de Aquiles es vencido cuando le arrancamos los ojos y los volteamos hacia otro lado.

Ahí, justo ahí, se apaga, se debilita, se entrega, y el dolor se queda sin oxígeno, se desarma, se achica, se muere de hambre y llega ese instante en que recuperamos el cuerpo, el pulso, el alma... Ese día, esa hora, ese instante íntimo en que dejamos de elegir sufrir, y el dolor entiende  que ya no manda, porque nos damos  cuenta que  el poder nunca lo tuvo él…sino la mirada que decidimos ponerle encima.



Autor:ALEJANDRA MARISA MASSOLO

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