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EL ALCOHOL NO ES UNA EXCUSA

Hay resacas que se curan con agua, descanso y unas horas de sueño.

Y hay otras que duran mucho más.

Son las que aparecen cuando vuelve la memoria y uno recuerda lo que dijo, lo que hizo, a quién lastimó, qué límite cruzó o qué palabra jamás debió pronunciar.

Porque el alcohol puede desinhibir, nublar el juicio y hacer que una persona actúe de manera impulsiva. Puede aumentar la agresividad, favorecer decisiones que jamás tomaría estando sobria y convertir una noche de diversión en una tragedia.

Pero hay algo que debemos entender de una vez: estar borracho no convierte el daño en inocente ni transforma una decisión en una excusa.

El alcohol no justifica una infidelidad.

No justifica un insulto.

No justifica una humillación.

No justifica una traición.

Y mucho menos justifica un golpe.

¿Cuántas veces escuchamos después de una tragedia?

"No sabía lo que hacía."

"Estaba borracho."

"No era yo."

"La bebida me hizo hacerlo."

Pero detrás de esas frases puede esconderse una verdad mucho más incómoda: las consecuencias siguen siendo reales, aunque la persona no haya estado en pleno uso de sus facultades.

Una botella no puede pedir perdón.

Un vaso no puede reparar una familia.

El alcohol no puede volver atrás una mano que golpeó, una palabra que destruyó una autoestima, una traición que quebró una confianza o un accidente que cambió una vida para siempre.

Y allí está la verdadera dureza de este flagelo.

Porque el alcohol no solamente puede destruir el cuerpo de quien bebe. También puede destruir vínculos, familias, proyectos, amistades y vidas enteras.

Hay hijos que aprendieron demasiado pronto a reconocer los pasos de un padre borracho.

Hay mujeres que vivieron noches de miedo esperando que la puerta se cerrara.

Hay hombres que perdieron la dignidad frente a sus hijos.

Hay familias que todavía cargan con las consecuencias de una decisión tomada en una noche de excesos.

Y hay personas que ya no están porque alguien decidió conducir después de beber.

Por eso no alcanza con decir "el alcohol fue el culpable".

Hay que hablar de responsabilidad.

De límites.

De pedir ayuda.

De reconocer cuándo una costumbre empieza a convertirse en dependencia.

De entender que beber hasta perder el control no es una demostración de libertad: puede convertirse en la pérdida de la propia capacidad para decidir.

La peor resaca no siempre llega a la mañana siguiente.

A veces llega años después.

Cuando un hijo recuerda.

Cuando una pareja ya no confía.

Cuando una familia se rompe.

Cuando una persona comprende que una noche de alcohol dejó una herida que ninguna disculpa consiguió cerrar.

El alcohol puede explicar una conducta, pero no debe utilizarse para borrar sus consecuencias.

Y quizás allí comienza el verdadero camino: dejar de buscar excusas y empezar a buscar ayuda.

Porque reconocer que existe un problema no es debilidad.

Es valentía.

La verdadera fortaleza no está en cuánto alcohol podemos soportar.

Está en saber cuándo parar.

En poder decir "no".

En proteger a quienes amamos.

En pedir ayuda antes de que sea demasiado tarde.

Porque una botella puede vaciarse en una noche.

Pero las consecuencias de lo que hacemos bajo sus efectos pueden quedarse con nosotros durante toda una vida.

Y hay resacas que ningún vaso de agua consigue curar: las que deja una conciencia que finalmente comprende el daño que causó.



Autor:Editorial

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