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Hay un estado de gracia al que podemos acceder en cualquier instante, un espacio sagrado donde el intelecto cede su lugar a la pura contemplación: el estado del asombro.
He decidido habitar allí.
Yo soy el niño del asombro, aquel que se detiene frente a la inmensidad y permite que la respiración se corte por un instante ante la absoluta perfección de lo que Es.
Cuando levanto la mirada hacia el cielo nocturno, quedo maravillado ante la coreografía de las galaxias.
Pienso en los multiversos que se expanden en el infinito y en la tecnología divina, tan majestuosa y precisa, que sostiene todo este tejido cósmico.
Vivimos en un equilibrio perfecto, una danza exacta: si nuestro planeta se acercara un poco más al sol, arderíamos; si se alejara apenas una fracción, quedaríamos envueltos en hielo perpetuo.
Ese abrazo térmico, esa distancia milimétrica, no es azar; es una carta de amor del universo para garantizar nuestra existencia.
Y si el macrocosmos me deja sin palabras, el microcosmos me hace caer de rodillas.
Soy el niño del asombro cuando observo el milagro del cuerpo humano.
Pensemos en el ojo humano: una cámara biológica de una complejidad deslumbrante, capaz de decodificar la luz y transformarla en los colores de un atardecer.
Nuestro cuerpo es un universo en sí mismo, un sistema que se autorregula en silencio, sanando heridas, latiendo a un ritmo constante, bombeando vida sin que tengamos que emitir una sola orden consciente.
Es el diseño de un Maestro.
Esa misma perfección se derrama sobre toda la creación.
Me asombro ante la existencia de criaturas microscópicas, mundos enteros latiendo en una gota de agua, diminutos y vitales para el ciclo de la existencia.
Me maravillo ante la ternura infinita que habita en la mirada de los gatos y los perros, almas compañeras que nos enseñan sobre el amor incondicional.
Y luego, contemplo la majestuosidad imponente del león o el tigre, expresiones de una fuerza divina, del poder y la gracia en perfecto equilibrio.
Ver despuntar una mañana, presenciar cómo los primeros rayos dorados del sol iluminan el contorno de las montañas milenarias, es un recordatorio diario de la grandeza divina.
Todo está vivo.
Todo respira.
Todo habla de un Creador.
Ando asombrado con todo lo que hace la Fuente Divina.
Y en ese asombro, encuentro la verdad más hermosa de todas: no soy un simple observador ajeno a este espectáculo.
Si soy capaz de reconocer la perfección en las estrellas, en el rugido del tigre y en el latido de mi propio corazón, es porque esa misma chispa divina habita en mí.
Soy una extensión de esa creación.
Maravillarme ante el universo es, en esencia, la chispa divina reconociéndose a sí misma."