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CANTAR

Hay un acto profundamente íntimo y a la vez profundamente social:

cantar.

No cantar para un público, sino cantar sin darse cuenta.

Mientras se lava los platos, mientras se conduce, mientras se está solo y la voz se escapa sin permiso.

Esa canción que tarareas no la has elegido conscientemente; te ha elegido a ti.

Es una melodía que ha estado rondando tu cabeza, quizá desde la infancia, quizá desde la radio de un coche ajeno, quizá desde el vientre de tu madre, donde el primer sonido que escuchaste fue el ritmo de un corazón.

Cantar es recordar que el sonido te precedió y te sobrevivirá.

Que tu voz es solo un instrumento temporal para una música que ya existía antes de ti y que seguirá existiendo después.

Los antiguos sabían que el canto no era un entretenimiento; era una tecnología de conexión.

Los himnos homéricos, los salmos, los mantras védicos, los cantos gregorianos.

No se cantaban para entretener; se cantaban para invocar, para sanar, para recordar.

La repetición de una melodía sagrada no era un acto estético; era un acto ontológico.

Al cantar, se alineaba la propia frecuencia con la frecuencia del cosmos.

La voz no era un atributo del individuo; era un canal por el que lo divino podía hacerse audible.

Por eso los monasterios cantaban a horas fijas:

No era una rutina, era una sintonía con el ritmo del día, con la luz que sube y baja, con la respiración del tiempo.

En la neurociencia, cantar es una de las actividades más complejas y más integradoras del cerebro.

Activa áreas motoras, auditivas, emocionales y lingüísticas simultáneamente.

Cantar en grupo, además, sincroniza los ritmos cardíacos y respiratorios de los participantes.

No es metáfora: cantar juntos literalmente coordina los cuerpos.

Es una forma de comunión anterior a la palabra,   una forma de estar juntos sin necesidad de entenderse.

Por eso los coros han existido en todas las culturas: porque cantar juntos es una de las experiencias más cercanas a la unidad que podemos tener sin perder nuestra individualidad.

Cada voz es distinta, y sin embargo, el conjunto es una sola voz.

Prueba esto: la próxima vez que estés solo y una canción te venga a la cabeza, no la apartes.

Deja que salga.

Cántala, aunque sea en voz baja, aunque desafines.

No importa cómo suene; importa que suene.

Esa melodía que te visita no es ruido; es un mensaje de tu alma.

Puede ser una canción de tu infancia, puede ser algo que oíste ayer, puede ser un fragmento sin nombre.

Pero está ahí por alguna razón.

Cántala.

No para que alguien te oiga, sino para que tu cuerpo recuerde que tiene cuerdas vocales, que el aire puede convertirse en sonido, que el sonido puede convertirse en emoción.

Tu voz no es un adorno; es un instrumento de presencia.

Úsala.

Aunque sea para tararear mientras haces la cama.

La cama no lo recordará, pero tu alma sí."



Autor:Editorial

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