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Las Brujas

Tengo cincuenta y cinco años, y en mi frente el tiempo no pasa: se hunde. Cada enojo ha dejado su surco, como si la piel se hubiera encargado de recordar lo que yo preferí olvidar. Aprendí tarde que la vida no es un poema, sino una persistencia: algo que fermenta en silencio y continúa aun cuando uno ya no encuentra razones para sostenerla.

Todo comenzó con un anciano, o al menos así lo ordena mi memoria. Lo encontré inmóvil, en una quietud que no parecía humana. Yo lo vi como un hombre, pero no habría sabido discutir con quien afirmara que era un olmo viejo, ancho, con la corteza abierta como una herida antigua. No habló. No hizo ningún gesto. Sin embargo, en su presencia ocurrió algo más inquietante que cualquier palabra: me vi reflejado.

No era mi imagen habitual, esa que uno reconoce sin pensar, sino otra más desnuda, más exacta, como si hubiese quedado al descubierto aquello que sostengo a fuerza de costumbre. Me alejé con una sensación difícil de nombrar, una incomodidad que no era miedo, pero tampoco otra cosa.

Elena apareció entonces en mi pensamiento, como siempre. Cabellos rojos, no por su color, sino por la intensidad con que parecía arder. Durante mucho tiempo creí haberla amado, pero con los años comprendí que lo que me ataba a ella no era amor, sino algo más inquietante: la forma en que mi propio ser se ordenaba bajo su presencia. En Elena no buscaba a otra persona, sino un reflejo que me devolviera una versión tolerable de mí mismo.

Mi analista, Marcelo Coirini, solía insistir en esa idea. Era un hombre de cabello blanco, con una pierna ortopédica que no terminaba de integrarse a su cuerpo. Había en él algo reconstruido, ensamblado, y sin embargo también una claridad que me resultaba insoportable.

—Todo amor es, en el fondo, amor a uno mismo —me dijo una tarde.

Lo miré con una intensidad que me sorprendió. Sentí cómo el pulso se aceleraba, cómo la sangre golpeaba con una fuerza desmedida. Y entonces apareció la idea, no como impulso sino como certeza: debía matarlo.

No sabría explicar por qué. Tal vez porque veía demasiado. Tal vez porque estaba a punto de decir algo que no estaba dispuesto a escuchar.

—Existe otra posibilidad —dijo, como si hubiera leído en mí.

El ambiente del consultorio cambió. Por un instante tuve la sensación de estar en un bosque, un espacio húmedo y denso donde algo antiguo respiraba.

—La sabés —agregó.

No respondí. Tomé la pluma que estaba sobre su escritorio y, en un movimiento que aún hoy me resulta incomprensible por su facilidad, la clavé en su cuello.

No hubo grito. Apenas un intento de defensa, torpe, tardío. Lo que quedó fue su mirada, fija en mí, con una expresión que no era de horror sino de comprensión. Esa mirada es lo único que no ha dejado de perseguirme.

Salí de allí sin sentir nada en particular. La sangre, el cuerpo, todo eso quedó atrás como si no me perteneciera. Lo que me perturbó fue descubrir que el mundo continuaba igual. La gente seguía caminando, los autos avanzaban, la vida persistía con una normalidad obscena.

Al llegar a mi departamento me detuve frente al espejo. Había algo distinto en mi rostro. No era una cuestión de edad, sino de exposición, como si algo que antes permanecía oculto ahora estuviera a la vista. Abrí la ventana y el ruido de la ciudad me golpeó con violencia. Buenos Aires se extendía como una maquinaria cansada, llena de cuerpos que obedecían sin saber del todo por qué.

Yo era uno de ellos.

Abogado. Empleado de la Casa Gris. Defensor de causas que no creía y de verdades que no existían.

Pensé en Elena. No respondió a mis llamados. Nunca lo hacía cuando más la necesitaba. Y su ausencia, más que su presencia, era lo que terminaba de arrastrarme.

Decidí ir a buscarla.

El tránsito estaba detenido, como si la ciudad entera se hubiese coagulado. Durante unos minutos me dejé llevar por una fantasía absurda: avanzar por encima de los autos, destruir todo a mi paso. Fue entonces cuando escuché el llanto.

Bajé del vehículo. A unos metros, un Peugeot antiguo estaba detenido. Un hombre yacía inconsciente sobre el volante. En el asiento trasero, un niño lloraba.

Me acerqué. Y entonces lo vi.

Era yo.

Yo, a los pocos años de vida. Mi padre estaba muerto, con el cuerpo inclinado de una forma que reconocí de inmediato. Y un hombre —un mendigo, tal vez— se inclinaba para rescatarme.

La escena se sostuvo apenas un instante. Luego desapareció, como si nunca hubiera estado allí.

Volví a mi vehículo. No intenté entender. Algunas cosas no buscan ser comprendidas, sino insistir.

Cuando finalmente llegué, Elena estaba esperándome. Vestía de negro, con una elegancia que no parecía casual. Su cuerpo, delineado con precisión, tenía algo de ritual.

Pronto entendí que no era quien decía ser. Nunca lo había sido. Recibía hombres, hombres de poder, hombres que necesitaban lo mismo que yo: una ilusión que los sostuviera.

—¿Qué hacés acá? —preguntó.

—Quería verte.

Me observó sin sorpresa, como si ya supiera que iba a aparecer.

—Vení —dijo.

La seguí.

En su oficina, el ambiente tenía algo de cerrado, de contenido. Elena dejó caer el vestido con naturalidad. Me acerqué y la besé. Por un instante todo pareció ordenarse: el cuerpo, el tiempo, la mente.

Fue un instante breve.

Sentí el corte en el cuello casi sin dolor. Solo el calor de la sangre al salir. Caí.

Y en ese descenso vi mi vida entera: la infancia, la orfandad, el camino que me había llevado hasta allí.

Pero lo que me detuvo no fue mi muerte, sino la de ella.

Elena comenzó a sangrar por los ojos. Se sentó a mi lado con una calma extraña, como si aquello no la sorprendiera. Los espejos de la habitación estallaron, y en cada fragmento vi versiones de nosotros, deformadas, incompletas.

Entonces comprendí.

El anciano, el analista, el niño, Elena… no eran otros. Eran formas de una misma insistencia.

No maté a Coirini por odio. Intenté destruir lo que veía.

No amé a Elena. Amé el reflejo que me ofrecía.

Y lo que no pude soportar fue reconocerme en él.

No sé si estoy muerto. Tampoco si sigo viviendo.

Pero algo en mí permanece.

Y en esa permanencia hay una certeza que no logro eludir:

volveré.

No por ella.

No por redención.

Sino para enfrentar, por fin, aquello que siempre evité.

A mí mismo.



Autor:Jorgelina E. Rodríguez Liñán

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