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La muerte no llegó aquella noche.
Había vivido durante años entre nosotros como una flor nocturna cuyo perfume sólo conocen quienes han aprendido a besar la podredumbre sin apartar el rostro.
Mi padre fue el primero en reconocer su aroma.
Cuando el reloj dentro en su corazón, el tiempo continuó respirando únicamente para castigarnos.
Mi madre comenzó entonces a destejer la luz.
Sus manos ya no acariciaban el mundo: lo despedían.
Cada lágrima era un río; cada silencio, un cementerio.
Y el Paraná —ese dios antiguo vestido de barro— recibió las cenizas de quien jamás temió
a los hombres.
Durante cuarenta días el cielo confundió la lluvia con el duelo.
Los peces ofrecían sus vientres blancos al firmamento, como si también ellos hubieran comprendido que la materia es apenas una manera lenta de desaparecer.
Dicen que nacimos de la misma sangre; ignoran que existen sangres más antiguas que los cuerpos.
Marilú llevaba en sus pupilas el incendio; yo llevaba la sombra.
Ella decía escuchar ángeles; yo escuchaba el ruido de las almas cuando abandonan el miedo.
Ella veía demonios; yo veía dolor.
Entre ambas creció una guerra tan silenciosa que los siglos terminaron por confundirla con el parentesco.
Una tarde pronunció mi condena:
—Eres una bruja maligna.
Y añadió, con la serenidad de quien bendice un cadáver:
—Tu alma está cubierta de gusanos.
No respondí. Los gusanos conocen secretos que los ángeles jamás comprenderán.
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La soledad posee un peso. No cae sobre los hombros; se instala detrás del esternón, donde el corazón comienza a olvidar su oficio.
Respiré aquel aire espeso que sólo existe en los templos abandonados y en las habitaciones donde el amor murió mucho antes que los amantes.
Comprendí entonces que mi esposo no era ausencia: era vacío. No era odio: era una forma perfecta de inexistencia. Y la inexistencia hiere con mayor precisión que cualquier espada.
Después vino la visión.
Un puñal de plata atravesó mi tercer ojo.
No abrió mi frente; abrió mi noche.
Vi mi carne arder con la serenidad de las antiguas hogueras.
Vi desfilar un linaje de brujos vestidos de blanco y de negro.
Después entendí que ambos colores eran la misma mentira.
Sólo existe la sombra. La luz no es más que una sombra que ha olvidado su nombre.
Mi sangre olía a mariposas nocturnas.
La muerte tenía perfume.
La locura tenía música.
El río tenía memoria.
Y yo ya no sabía dónde terminaba el cuerpo ni dónde comenzaba el ser.
Si alguna enseñanza arrastro de esta vida es ésta: el infierno jamás fue un lugar, fue una interpretación. El cielo tampoco. Ambos fueron inventados para que el hombre pudiera soportar el insoportable privilegio de existir.
Todo lo demás es literatura.
Y acaso la literatura sea el único demonio capaz de decir siempre la verdad.