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Qué manía tenemos de querer entender todo!
Como si la vida viniera con un manual de explicación, y antes de sentir hubiera que pedir permiso, o el corazón tuviera que presentar pruebas para demostrar que lo que siente, es verdadero.
Y ahí aparece la cabeza. La muy ladina sabe dónde pegar.. te trae aquel fracaso, aquella noche, aquella traición, la vez que juraste nunca más...
Y de golpe, te abre los cajones que creías cerrados y desparrama todos los miedos arriba de la mesa.
Y te martilla con frases hechas... Mira que ya te pasó, mira que podes equivocarte, mira que después duele, mira que ya estás grande para ciertas cosas.
¿Grande para qué?
¿Para emocionarme?¿Para sentir mariposas?¿Para hacer una locura?¿Para creer?¿Para volver a empezar?
No te pases!
Uno puede hacerse grande para muchas cosas, pero nunca debería hacerse viejo para sentir.
El problema es que después de algunos golpes aprendemos una manera bastante triste de cuidarnos...no arriesgar.
Y le ponemos nombres más elegantes.
Madurez. Prudencia. Experiencia. Dignidad.
Pero a veces es miedo. Miedo, nomás.
Miedo con un lindo vestido.
Y mientras la cabeza arma argumentos impecables, el corazón se queda ahí, calladito, haciendo lo único que sabe hacer...
latir.
Porque el corazón no entiende de conveniencias, no sabe de edades, ni conoce calendarios. No pregunta cuánto va a durar.
Y quizás por eso asusta tanto.
Porque hay cosas que uno puede controlar.
Pero sentir...sentir es otra historia.
Sentir es sacarse los zapatos y caminar descalza sin saber si más adelante hay piedras en el camino o pasto...
Y claro que hay piedras y a veces, en el pasto, alguna que otra espina escondida.
Yo las conozco.
Tengo algunas todavía clavadas en lugares que nadie ve.
Pero también se de caminar por prados llanos y sé lo que se siente cuando después de mucho invierno algo adentro vuelve a tener ganas de primavera.
Entonces no.
No quiero vivir cuidándome tanto que un día descubra que llegué intacta al final.
¿Intacta de qué?
Quiero llegar vivida.
Con alguna cicatriz más, si hace falta, con historias, con noches que valieron la pena , con abrazos que todavía me huelan en la memoria, con algún “qué mierda hice” y muchos “menos mal que me animé”.
Pero tampoco quiero volver a confundirme.
Ya aprendí.
El corazón no puede llevarme hacia ningún lugar donde para me, tenga que abandonarme.
Eso también lo sé.
Por eso hoy no elijo entre cabeza y corazón.
Los siento a los dos a mi mesa.
A la cabeza le digo, gracias por cuidarme, ya entendí.
Y al corazón, ahora habla vos.
Porque tal vez vivir sea justamente eso...
saber todo lo que puede salir mal, y aun así, cuando algo adentro vuelve a latir distinto, tener el coraje de no hacerse la sorda.