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Al principio,
el duelo era una herida abierta,
expuesta al mundo,
demasiado profunda para las palabras,
demasiado viva para tocarla.
Todo entraba allí:
recuerdos,
silencios,
el dolor repentino
de tu nombre.
El tiempo no la cerró.
Simplemente nos enseñó
a movernos con suavidad a su alrededor,
a cargar con las zonas sensibles,
a respirar junto a la ausencia.
Y poco a poco,
la herida se convirtió en un espacio sagrado,
donde gran parte de ti aún perdura,
en el amor que permanece,
en los ecos que dejaste tras de ti,
en todo aquello que se volvió
más hermoso
porque estuviste aquí.
La herida sigue sanando,
pero ahora con más suavidad,
un lugar tierno
donde la ausencia y la gratitud
se encuentran.
Y al mirar en su interior,
no encontramos solo pérdida.
Encontramos una vida
que estuvo aquí.
Un amor
que fue real.
Un regalo
que tuvimos la bendición
de recibir.
Y tal vez en esto consista la sanación:
no en cerrar la herida,
sino en aprender a dejar que el amor
viva dentro de ella.
Y de algún modo,
la luz se abre paso,
suavemente,
a través de las zonas sensibles,
recordándonos
que incluso dentro de la herida,
el amor sigue brillando."