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EL REGALO QUE DEJAMOS EN EL MUNDO

Hay una pregunta que, tarde o temprano, todos deberíamos hacernos: ¿qué estoy dejando en este mundo con mi manera de vivir?

Porque una vida no adquiere verdadero valor por lo que acumula, por los títulos que consigue, por el dinero que posee ni por la cantidad de personas que la conocen. Tal vez su verdadero valor esté en lo que entrega.

Si quieres que tu vida tenga un sentido profundo, aporta un regalo al mundo.

Aporta amor, no miedo.

Aporta compasión, no odio.

Aporta alegría, no amargura.

Aporta esperanza, no desesperanza.

Aporta optimismo, aun cuando las circunstancias intenten convencerte de lo contrario.

Aporta una palabra amable cuando alguien necesite escucharla.

Aporta un abrazo cuando no existan palabras suficientes.

Aporta tu presencia, esa presencia sincera que no necesita aparentar nada.

Porque nunca sabemos cuánto puede significar para alguien una sonrisa nuestra, una conversación, una mano tendida o simplemente sentir que, por un instante, no está solo.

También debemos aprender a dejar algunas cosas dormidas. Hay heridas que no necesitan seguir siendo alimentadas, rencores que ya cumplieron su tiempo, discusiones que no merecen nuestra paz y recuerdos que debemos soltar para poder caminar livianos.

No todo lo que llevamos dentro merece ser entregado al mundo.

Hay cosas que es mejor dejar atrás.

Pero hay otras que sí debemos nutrir: la bondad, la gratitud, la ternura, la solidaridad, la capacidad de perdonar, el deseo de ayudar y esa pequeña luz interior que todavía nos recuerda que vale la pena confiar en la vida.

Quizás nuestro paso por este mundo sea mucho más breve de lo que imaginamos. Y cuando llegue el momento de partir, no podremos llevarnos nuestras posesiones, nuestros éxitos ni nuestras preocupaciones.

Pero quedará algo.

Quedará la huella de cómo hicimos sentir a los demás.

Quedará aquella persona que sonrió después de encontrarnos.

Quedará quien recibió una palabra de aliento cuando estaba a punto de rendirse.

Quedará el recuerdo de nuestra generosidad.

Quedará el amor que fuimos capaces de dar.

Por eso, quizás vivir bien no consista solamente en buscar nuestra propia felicidad, sino también en convertirnos, de alguna manera, en un pequeño motivo de felicidad para alguien más.

No hace falta cambiar el mundo entero.

A veces alcanza con cambiarle el día a una persona.

Y quizás ahí esté uno de los secretos de una vida verdaderamente valiosa: marcharnos algún día sabiendo que, mientras estuvimos aquí, dejamos un poco más de amor del que encontramos.

Hoy, antes de salir al mundo, preguntate:

¿Qué voy a aportar hoy?

Que tu respuesta no sea solamente una palabra.

Que sea una manera de vivir.

Porque el mundo ya tiene suficiente miedo, odio y tristeza.

Aporta lo mejor de ti.

Que tu paso por la vida no sea solamente una existencia: que sea un regalo.



Autor:Editorial

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