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Hay etapas de la vida en las que las respuestas habituales dejan de funcionar. Lo que antes definía a una persona —su trabajo, su relación, su papel en la familia, sus certezas— comienza a perder fuerza. No ha nacido todavía algo nuevo, pero lo viejo ya no sostiene. Es una sensación extraña, como caminar por un puente entre dos orillas sin pertenecer completamente a ninguna.
A este fenómeno lo llamo la identidad suspendida. Es un estado psíquico en el que la imagen que teníamos de nosotros mismos empieza a deshacerse antes de que aparezca una nueva. No es una crisis en el sentido dramático del término, sino una transición profunda. El problema es que la mente suele interpretar esta falta de definición como un fracaso, cuando en realidad puede ser una señal de transformación.
Este estado suele aparecer después de pérdidas, cambios importantes o procesos de crecimiento interior. El alma comienza a desprenderse de identidades que alguna vez fueron necesarias, pero que ya no expresan lo que está emergiendo. Sin embargo, abandonar una vieja versión de uno mismo produce vértigo. Porque aunque fuera limitada, era conocida. Y lo desconocido, incluso cuando promete expansión, genera inseguridad.
La identidad suspendida es uno de los lugares más incómodos de la vida psíquica porque no ofrece respuestas rápidas. Invita a permanecer un tiempo en la incertidumbre, sin apresurarse a llenar el vacío con nuevas etiquetas o definiciones. Y quizás ahí resida su valor. Porque hay momentos en los que el alma necesita dejar de saber quién es, para descubrir quién está intentando llegar a ser.