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La Resistencia a la Alegría

Hay personas que pueden atravesar el dolor con una fortaleza admirable, pero que se sienten extrañamente incómodas cuando las cosas van bien. Reciben una buena noticia y enseguida buscan el problema. Viven un momento feliz y una parte de ellas empieza a prepararse para el final. No es pesimismo exactamente. Es una dificultad silenciosa para descansar en la experiencia de estar bien.

A este fenómeno lo llamo la resistencia a la alegría. Es una reacción psíquica que aparece cuando el bienestar resulta menos familiar que la preocupación. El alma se ha acostumbrado tanto a la tensión, al esfuerzo o a la vigilancia, que la felicidad comienza a sentirse extraña. En lugar de habitarla, la observa desde lejos. Como si disfrutar demasiado fuera una imprudencia emocional.

Este patrón suele desarrollarse en personas que crecieron en entornos donde la tranquilidad era breve o impredecible. Momentos felices que terminaban abruptamente, promesas que no duraban, afectos que cambiaban de forma inesperada. El niño aprende que relajarse por completo puede ser peligroso. Entonces desarrolla una relación cautelosa con la alegría: la permite entrar, pero nunca del todo. Siempre deja una puerta abierta para la decepción.

Lo curioso es que esta resistencia rara vez se percibe como miedo. Suele presentarse como sensatez, prudencia o madurez. Pero en el fondo es una dificultad para confiar en que algo bueno pueda permanecer, aunque sea por un tiempo. Y cuando uno empieza a reconocer este mecanismo, descubre que la alegría también requiere valentía. No porque garantice nada, sino porque exige algo que a veces resulta más difícil que soportar el dolor: entregarse plenamente al momento presente sin intentar protegerse de su posible final.



Autor:Editorial

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