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Hay personas que han logrado comprender a quienes las hirieron. Han entendido las circunstancias, las limitaciones, las heridas ajenas. Con el tiempo, incluso han soltado gran parte del resentimiento. Pero existe una persona a la que siguen juzgando con dureza: a sí mismas.
Se reprochan no haber visto las señales. No haberse marchado antes. No haber dicho lo que sentían. No haber reaccionado de otra manera. Miran el pasado con los ojos de la experiencia actual y olvidan una verdad fundamental: la persona que eras entonces no sabía lo que sabes ahora.
Desde lo profundo de la psique, esta culpa suele ser una ilusión de control. Porque resulta menos doloroso pensar “debí haberlo hecho mejor” que aceptar que estabas actuando con los recursos emocionales, la conciencia y las heridas que tenías en aquel momento. La culpa te da la sensación de que podrías haber cambiado el resultado. La realidad te obliga a aceptar tu vulnerabilidad.
El síntoma no es el arrepentimiento. Es la condena constante hacia tu versión pasada. Es revisar una y otra vez la misma escena mental buscando una reacción más inteligente, más fuerte o más consciente. Como si pudieras reescribir la historia desde el presente.
Individuarse implica mirar hacia atrás con una compasión que durante años te negaste. Significa reconocer que aquella versión de ti estaba haciendo lo mejor que podía con lo que tenía. Que no actuó desde la sabiduría que hoy posees porque todavía no la había adquirido.
Porque el crecimiento tiene una paradoja dolorosa: la experiencia que hoy te permite ver con claridad es precisamente la que obtuviste después de equivocarte.
Tal vez no necesitas seguir analizando lo que ocurrió.
Tal vez necesitas dejar de exigirle a tu antiguo yo la conciencia que sólo pudo nacer después de atravesar aquello que tanto te dolió.