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Mi Otro Yo

Muchas vezes hube contemplado a la lóbrega Muerte,
en cristal refractado, cual pálido amante,
que sobre mi carne se inclina quedamente
y exhala en secreto alientos inquietantes.

Mis ojos, anchos campos do florecen esperanças pútridas,
bebieron del anhelo que aun en la corrupción se aviva;
ca el Deseo, cual perfume que de la tumba se levanta,
nace y perece en una mesma jornada esquiva.

El Sol, con ósculo impío, mancilló a la Luna,
mientras el trémulo trigo era en secreto desgarrado;
e los astros vigilantes, ciegos en las alturas,
desfallecieron al contemplar tan lúbrico pecado.

¡Oh varón sombrío, a quien mil vezes nombré!,
falso alquimista de gemas jamás engendradas,
profeta coronado de fuegos sin dueño,
que arden por dentro cual culpas no confesadas.

Ya no pronuncio tu nombre; mis labios aprendieron
sabores extraños, dulcemente herrumbrados
por el hálito de espectros que en ellos moran
e dejan sus besos fríos e desolados.

Allí habita un fantasma, forjado por la añorança,
que todavía me ama con muerte descarnada;
amor sin carne ni pulso,
mas de presencia helada.

Tuyas son las sombras; mas mío aqueste lecho nocturno,
intacto aún, aunque ansioso de profanada gracia;
trono de carencia donde la ausencia engendra deleite
e la soledad se reviste de amorosa falacia.

Mía sea la culpa de haber vestido tu corazón mendigo
e coronado con pulso a tan harapiento rey de mentira;
aquel que entre mis muslos representó su señorío
e bebió eternidad de mis ojos, do el alma suspira.

Torcí mi destino en la carne con salvaje desvarío,
e hice de mi clamor sal sobre los vientos marinos;
fasta que la vida, medio muerta en mis venas desterrada,
entregó su aliento a tus deseos clandestinos.

Agora permanezco así: medio invocada, medio perdida,
cual altar que respira tenuemente entre ruinas;
mi sombra se adhiere a mí más que la mesma aurora
e te ciñe con maldiciones sin nombre ni doctrina.

E tú despertarás en cada alba impía
con el aliento entero, mas extinguido el fuego;
tus ojos, semejantes a buitres sobre corrupción abierta,
se cebarán allí do antaño reinara tu ego.

Entonces—

cuando el Deseo sea ceniza entre brasas apagadas,
cuando el pulso vacío lata cual carne huérfana e yerta,

sólo en aquella hora obscura, desnuda e deshecha,
seré al fin entera
e hallaré mi fin.



Autor:Jorgelina E. Rodríguez Liñán

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