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ESTAMOS VIVIENDO LA HISTORIA

Quizás quiera saber qué ocurrió, qué gobiernos tuvimos, qué guerras atravesamos, qué crisis nos preocuparon, qué tecnologías transformaron nuestras vidas o qué grandes acontecimientos marcaron nuestro tiempo.

Y seguramente encontrará respuestas en los libros.

Pero hay algo que ningún libro podrá contar completamente: cómo se sentía estar vivos mientras todo eso sucedía.

Porque mientras los titulares hablaban de crisis, conflictos, incertidumbre y desencuentros, también ocurrían otras cosas. Cosas aparentemente pequeñas, pero profundamente humanas.

Nacían niños.

Alguien se enamoraba por primera vez.

Una madre esperaba el regreso de su hijo.

Un padre enseñaba a andar en bicicleta.

Una abuela preparaba una comida para sus nietos.

Una familia se reunía alrededor de una mesa y, por un instante, olvidaba las preocupaciones del mundo.

Alguien plantaba un árbol.

Un perro esperaba detrás de una puerta.

Dos amigos se abrazaban después de muchos años.

Alguien perdonaba.

Alguien comenzaba de nuevo.

Y el sol, indiferente a nuestras discusiones, seguía apareciendo cada mañana.

La vida nunca dejó de suceder porque el mundo estuviera atravesando dificultades.

Tal vez esa sea una de las grandes paradojas de nuestra existencia: vivimos preocupados por el mundo que nos rodea mientras, silenciosamente, nuestra propia vida está ocurriendo.

Esperamos que llegue un día mejor para empezar a vivir.

Esperamos que se solucionen los problemas.

Que haya más seguridad, más certezas, más justicia, más tranquilidad.

Pero la vida no espera.

La vida sucede mientras esperamos.

Sucede hoy.

En una conversación.

En una mirada.

En una taza de café compartida.

En la risa de un hijo.

En la mano de un padre.

En el abrazo de alguien que amamos.

En ese instante en que miramos el cielo y comprendemos que, a pesar de todo, todavía estamos aquí.

Por eso quizás deberíamos preguntarnos qué queremos dejar de nosotros en este capítulo de la historia.

No todos podemos cambiar el rumbo de una nación.

No todos escribiremos leyes.

No todos seremos recordados por los grandes acontecimientos.

Pero todos podemos cambiar, aunque sea un poco, la historia de alguien.

Podemos llamar a nuestra madre.

Abrazar un poco más a nuestros hijos.

Decir “te quiero” antes de que sea demasiado tarde.

Ayudar a alguien sin esperar recompensa.

Perdonar cuando sea posible.

Tender una mano.

Escuchar a quien necesita ser escuchado.

Plantar algo que quizá nosotros nunca lleguemos a disfrutar.

Dejar una palabra amable donde antes había indiferencia.

Construir algo que continúe cuando nosotros ya no estemos.

Porque la historia de la humanidad no está hecha únicamente de presidentes, guerras, revoluciones y grandes discursos.

También está hecha de millones de personas anónimas que, en medio de tiempos difíciles, decidieron seguir amando, trabajando, criando hijos, soñando, creando y ayudándose unas a otras.

Quizás nuestros tiempos parezcan demasiado complicados.

Quizás tengamos razones para sentir miedo, cansancio o incertidumbre.

Pero no debemos permitir que la preocupación por todo aquello que está mal nos haga olvidar todo aquello que todavía está bien.

Porque mientras alguien sufre, alguien también ayuda.

Mientras alguien pierde la esperanza, alguien enciende una luz.

Mientras unos se enfrentan, otros construyen puentes.

Mientras el mundo hace ruido, alguien está abrazando en silencio a la persona que ama.

Y eso también es historia.

Nosotros también somos historia.

Cada conversación, cada decisión, cada abrazo, cada acto de bondad, cada gesto de solidaridad está dejando una pequeña huella en el tiempo.

Por eso no necesitamos cargar sobre nuestros hombros con todos los problemas del planeta.

Tal vez nuestra tarea sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda:

cuidar el pequeño mundo que nos fue confiado.

Cuidar nuestra familia.

Cuidar nuestros afectos.

Cuidar nuestra palabra.

Cuidar el lugar donde vivimos.

Cuidar a quien tenemos cerca.

Intentar dejar las cosas un poco mejor de como las encontramos.

Y procurar ser esa persona con la que otro ser humano pueda pensar algún día:

“Qué suerte tuve de haberme cruzado con ella.”

Porque quizás eso sea transformar el mundo.

No siempre con grandes gestos.

A veces comienza con algo tan sencillo como una sonrisa, una mano extendida, una palabra de aliento o un abrazo dado a tiempo.

Algún día, las personas que todavía no han nacido mirarán hacia atrás y estudiarán nuestra época.

Hablarán de nuestras crisis, de nuestros avances, de nuestros errores y de nuestras conquistas.

Pero nosotros sabemos algo que ellos todavía no pueden saber:

que mientras la historia ocurría, nosotros estábamos aquí.

Amando.

Sufriendo.

Esperando.

Equivocándonos.

Aprendiendo.

Soñando.

Viviendo.

Y quizás esa sea la verdadera lección de nuestro tiempo:

no estamos esperando que la historia suceda.

Estamos viviendo la historia.

Y cada día tenemos la oportunidad de decidir qué clase de historia quer



Autor:Editorial

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