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EL CAFÉ DE ROSA

Dicen los antiguos que hubo una vez, en un pueblo del norte, un pequeño café que no figuraba en ningún mapa.

No tenía grandes carteles ni luces llamativas. Apenas una puerta de madera, algunas mesas gastadas por los años y una vieja cafetera que parecía respirar junto con la casa.

Pero quienes conocieron aquel lugar aseguran que tenía algo diferente.

Se llamaba El Café de Rosa.

Rosa era una mujer de sonrisa tranquila y mirada profunda. Había llegado al pueblo muchos años atrás, cuando todavía las calles eran de tierra y por las noches el silencio podía escucharse desde lejos.

Nadie sabía demasiado de su pasado.

Algunos decían que había llegado siguiendo a un amor.

Otros aseguraban que había escapado de una desgracia.

Y había quienes juraban que Rosa simplemente había aparecido una mañana, con una valija pequeña y una fotografía entre las manos.

Lo cierto es que abrió aquel café y comenzó a servir café, tortas, empanadas y dulces caseros.

Pero Rosa tenía una costumbre.

Todas las tardes, exactamente a las cinco, preparaba una taza de café y la colocaba sobre una mesa que siempre permanecía vacía.

—¿Para quién es ese café? —le preguntaban los clientes.

Rosa sonreía.

—Para quien todavía no llegó.

La respuesta se convirtió en una de las tantas rarezas del pueblo.

Pasaron los años.

La gente comenzó a acostumbrarse a aquella taza.

A las cinco en punto, Rosa preparaba el café, lo llevaba hasta la misma mesa y se quedaba unos minutos mirando hacia la puerta.

Nunca explicaba nada.

Hasta que una noche, un viejo parroquiano llamado Don Eusebio se animó a preguntarle:

—Rosa, ya pasó demasiado tiempo. ¿A quién esperás?

La mujer permaneció en silencio.

Después miró hacia la ventana.

—Hace muchos años —dijo finalmente— prometí esperar a alguien.

—¿Y nunca volvió?

Rosa negó lentamente con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿por qué seguís esperando?

Ella sonrió con una tristeza que parecía venir de muy lejos.

—Porque algunas promesas no se hacen para que alguien vuelva. Se hacen para que uno no olvide.

Aquella respuesta quedó flotando en el café.

Desde entonces nadie volvió a preguntarle.

Una noche de invierno, muchos años después, una tormenta cayó sobre el pueblo.

El viento golpeaba las ventanas y la lluvia hacía temblar los árboles.

Rosa estaba sola.

Como todas las tardes, había preparado la taza de café.

Pero aquella noche ocurrió algo extraño.

A las cinco y unos minutos, la puerta del café se abrió lentamente.

Nadie había entrado.

Sin embargo, la campanilla sonó.

Rosa levantó la cabeza.

—¿Sos vos? —preguntó.

Nadie respondió.

Entonces una ráfaga fría atravesó el salón.

La taza que estaba sobre la mesa comenzó a despedir vapor.

Rosa se quedó inmóvil.

Y dicen que, en aquel momento, escuchó una voz.

Una voz que había esperado durante toda su vida.

—Rosa...

La mujer cerró los ojos.

No gritó.

No tuvo miedo.

Simplemente sonrió.

—Tardaste mucho —susurró.

A la mañana siguiente, los vecinos encontraron el café abierto.

La puerta estaba sin llave.

Las mesas estaban en su lugar.

La cafetera todavía conservaba algo de calor.

Pero Rosa había desaparecido.

Sobre la mesa de siempre había dos tazas.

Una estaba vacía.

La otra todavía tenía café.

Nadie supo jamás qué ocurrió.

Algunos dijeron que Rosa había muerto aquella noche.

Otros aseguraron que se había marchado para siempre.

Y hubo quienes afirmaron que la vieron caminando por el viejo camino, tomada de la mano de un hombre que nadie conocía.

El café permaneció cerrado durante muchos años.

Hasta que alguien decidió convertir aquel lugar en una vivienda.

Pero la casa nunca volvió a ser igual.

Porque, según cuentan los vecinos, algunas tardes, cuando el sol comienza a esconderse y el viento llega desde el monte, puede sentirse desde la calle un aroma inconfundible a café recién hecho.

Y si alguien pasa frente a aquella casa exactamente a las cinco de la tarde, dicen que puede escuchar el sonido de una vieja campanilla.

Como si alguien acabara de entrar.

Como si Rosa todavía estuviera esperando.

Por eso los más viejos del pueblo todavía dicen:

“Hay amores que terminan. Hay personas que se van. Pero hay esperas que se vuelven leyenda.”

Y cuentan que, cuando el viento sopla suave y la tarde comienza a caer, el Café de Rosa vuelve a abrir sus puertas.

Aunque nadie pueda verlas.

Aunque nadie pueda entrar.

Porque algunas historias no necesitan testigos.

Solo necesitan que alguien las recuerde.



Autor:Editorial

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