Warning: mysqli_stmt::close(): Couldn't fetch mysqli_stmt in /home/c2060665/public_html/articulo.php on line 137
La vemos al despertar, la escuchamos en las noticias, aparece en las redes sociales, en las conversaciones, en los problemas cotidianos, en las injusticias, en las pérdidas, en las incertidumbres y también en esas pequeñas preocupaciones que, acumuladas, terminan ocupando demasiado espacio dentro de nosotros.
Quizás uno de los grandes males de nuestro tiempo sea precisamente ese: el exceso de realidad.
Porque la realidad, de por sí, ya es un exceso.
No siempre estamos preparados para recibirla en grandes cantidades. La mente necesita pausas, el corazón necesita silencios y el espíritu necesita momentos en los que pueda desprenderse, aunque sea por un instante, del ruido del mundo.
Cuando consumimos realidad sin descanso, podemos terminar intoxicados de pesimismo, de indignación, de miedo o de impotencia. Nos acostumbramos a mirar aquello que está mal hasta olvidar que también existen cosas que todavía están bien.
Y entonces sucede algo peligroso: comenzamos a vivir la vida desde aquello que nos preocupa, en lugar de vivirla desde aquello que nos sostiene.
No se trata de negar la realidad.
Negarla sería una forma de engañarnos.
Se trata de aprender a mirarla sin permitir que nos destruya por dentro.
Hay una sabiduría profunda en saber cerrar una puerta a tiempo. Apagar una pantalla. Dejar de discutir. Caminar sin rumbo durante unos minutos. Escuchar música. Leer. Contemplar un árbol. Conversar con alguien que queremos. Sentarnos en silencio y preguntarnos cómo estamos realmente.
La pausa no es indiferencia.
La pausa es resistencia.
Es decirle al mundo: “Por un momento necesito volver a mí.”
Porque también existe otra realidad, una que muchas veces olvidamos: la realidad interior.
Allí viven nuestros recuerdos, nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestros afectos, nuestras preguntas y esa pequeña llama que permanece encendida incluso cuando afuera todo parece oscuro.
Necesitamos abrir ventanas hacia ese mundo interior.
No para escapar de la vida, sino para regresar a ella con una mirada diferente.
A veces, unos minutos de silencio pueden hacer más por nuestra alma que horas de preocupación.
A veces necesitamos alejarnos un poco del ruido para escuchar aquello que verdaderamente pensamos.
Y quizás madurar también consista en eso: aprender qué merece nuestra atención y qué no merece nuestro desgaste.
No todo problema necesita nuestra angustia.
No toda noticia necesita nuestra indignación.
No toda opinión merece nuestra respuesta.
No toda batalla merece ser peleada.
La serenidad no significa que la vida haya dejado de tener problemas. Significa que hemos aprendido a no convertir cada problema en una tormenta dentro de nosotros.
Hay que aprender a cruzar, serenamente, de la tensión a la calma.
A respirar.
A detenernos.
A volver al centro.
Porque el mundo seguirá haciendo ruido aunque nosotros decidamos guardar silencio.
Las noticias seguirán llegando.
Los conflictos continuarán.
La incertidumbre seguirá formando parte de la existencia.
Pero nuestra alma necesita recordar que no nacimos para consumir el mundo entero, sino para vivir nuestra propia vida.
Por eso, de vez en cuando, hagamos una pausa.
Dejemos que el mundo continúe girando sin nuestra vigilancia durante un momento.
Miremos hacia adentro.
Abramos una ventana.
Dejemos entrar un poco de luz.
Y descubriremos, quizás con sorpresa, que detrás de tanta realidad todavía existe algo que ninguna noticia puede quitarnos: la posibilidad de elegir cómo queremos habitar nuestra propia vida.
Porque a veces, para volver a encontrar la calma, no necesitamos que el mundo cambie.
Necesitamos cambiar la cantidad de mundo que dejamos entrar