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AMA, INCLUSO AHÍ

Hay momentos en la vida en los que amar parece fácil. Cuando todo marcha bien, cuando la alegría nos abraza, cuando las personas que queremos están cerca y el futuro parece abrirse luminoso delante de nosotros.

Pero existe otra manera de amar. Una más profunda, más silenciosa y, quizás, más verdadera: aprender a amar incluso ahí, en aquellos lugares interiores donde la vida duele.

Ama cuando todo parezca oscuro. Porque también en la oscuridad existe una semilla de luz. A veces creemos que estamos perdiendo el rumbo, cuando en realidad estamos aprendiendo a encontrar una nueva dirección. Hay luces que no nacen de los días felices, sino precisamente de las noches que nos obligaron a mirar hacia adentro.

Ama también cuando la tristeza llegue.

No huyas inmediatamente de ella. No intentes esconderla como si sentir dolor fuera una debilidad. La tristeza también habla. Nos recuerda que estamos vivos, que algo nos importa, que todavía somos capaces de sentir profundamente. Hay dolores que, con el tiempo, se transforman en comprensión; heridas que terminan convirtiéndose en sabiduría.

Ama en la soledad.

Porque la soledad, aunque muchas veces duela, puede convertirse en un territorio de encuentro con uno mismo. Allí desaparecen algunas máscaras, se apagan los ruidos externos y comenzamos a escuchar aquello que durante tanto tiempo dejamos en silencio.

En la soledad podemos descubrir quiénes somos cuando nadie nos mira, cuando no necesitamos demostrar nada, cuando dejamos de vivir para las expectativas de los demás.

Y ama también en la alegría.

Celebra. Ríe. Abraza. Baila. Agradece. Permítete ser feliz sin sentir culpa. La alegría es también una manera de honrar la vida, de reconocer que después de tantas batallas todavía existen motivos para sonreír.

Pero, sobre todo, ámate a ti misma en cada uno de esos estados.

Ámate cuando estés fuerte y cuando te sientas vulnerable. Cuando tengas respuestas y cuando solamente tengas preguntas. Cuando hayas acertado y cuando te hayas equivocado. Cuando estés orgullosa de ti y cuando necesites volver a empezar.

No esperes ser perfecta para quererte.

El amor propio no debería ser un premio que recibimos después de cumplir todas nuestras expectativas. Debería ser el lugar desde donde comenzamos a caminar.

Porque el amor es mucho más que una emoción pasajera. Es una fuerza capaz de transformar nuestra manera de mirar la vida.

Cuando amamos, las heridas no desaparecen mágicamente, pero dejan de ser solamente heridas. Pueden convertirse en maestros. El miedo puede transformarse en conciencia. La ausencia puede enseñarnos a valorar la presencia. Las pérdidas pueden mostrarnos aquello que verdaderamente importa.

El amor no siempre elimina el dolor; muchas veces nos enseña a atravesarlo.

Y quizás allí esté uno de sus mayores misterios.

Amar cuando entendemos es sencillo. Pero también podemos amar cuando no entendemos.

Amar cuando todo tiene sentido y cuando las respuestas todavía no llegan.

Amar cuando duele y amar cuando estamos sanando.

Amar no significa aceptar todo, justificarlo todo ni permanecer donde nos lastiman. También puede significar poner límites, alejarnos, cerrar una puerta y elegirnos. Porque amarse también es saber cuándo quedarse y cuándo partir.

Hay una idea poderosa detrás de todo esto: el amor verdadero no necesita negar aquello que somos. Lo abraza, lo reconoce y lo integra.

Somos nuestras alegrías, pero también nuestras tristezas.

Somos nuestros aciertos y nuestros errores.

Somos los encuentros y las despedidas.

Somos aquello que todavía estamos aprendiendo a perdonar.

Somos las veces que caímos y también las veces que tuvimos el coraje de levantarnos.

Por eso, tal vez amar no consista solamente en encontrar a alguien afuera.

Tal vez el primer gran acto de amor sea volver hacia nosotros mismos.

Volver a escucharnos. Volver a cuidarnos. Volver a mirarnos con ternura. Volver a comprender que no tenemos que ser otra persona para merecer amor.

Quizás la vida no nos está pidiendo que dejemos de sentir dolor, miedo o tristeza. Quizás nos está enseñando a atravesar cada estado sin dejar de amarnos.

Porque cuando aprendemos a amar en todos nuestros estados, algo profundo comienza a cambiar.

Ya no necesitamos escapar permanentemente de nosotros mismos.

Ya no tenemos que esperar que alguien venga a completarnos.

Ya no buscamos afuera aquello que, lentamente, empieza a despertar adentro.

Y entonces comprendemos que el amor no era solamente un lugar al que queríamos llegar.

Era el camino.

Era esa luz que estaba naciendo incluso en medio de la oscuridad.

Era esa voz interior que nos decía, después de cada caída: todavía estás aquí.

Y cuando finalmente aprendemos a amarnos con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestras certezas y nuestras dudas, con nuestras heridas y nuestras cicatrices, sucede algo maravilloso:

todo aquello que alguna vez parecía estar roto comienza, lentamente, a volver a casa.

A nosotros.

A nuestra propia verdad.

A ese lugar íntimo donde, después de tanto buscar, descubrimos que el amor siempre estuvo esperando despertar.



Autor:Editorial

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