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Hay lugares que no aparecen en ningún mapa.
No tienen calles, coordenadas ni carteles que indiquen cómo llegar. Sin embargo, conocemos perfectamente el camino.
Son los lugares de la memoria.
Porque los recuerdos son esos territorios que podemos visitar con los ojos cerrados. Basta un instante, una canción, un perfume, una fotografía, una palabra o simplemente el silencio… y de pronto estamos allí otra vez.
Volvemos a una casa que ya no existe, a una mesa donde alguna vez fuimos felices, a una tarde cualquiera que entonces parecía una más y que hoy descubrimos irrepetible. Volvemos a una voz, a una mirada, a una risa. Volvemos a un abrazo.
Y quizás eso sea lo más hermoso de recordar: no solamente mirar hacia atrás, sino volver a sentir.
Sentir aquello que alguna vez nos hizo bien.
Abrazar, aunque sea con el pensamiento, a quienes amamos.
Encontrarnos con quienes fuimos y reconocer cuánto de aquel nosotros todavía vive dentro de nosotros.
Hay personas que se marcharon de nuestra vida, algunas porque la vida las llevó por otros caminos y otras porque el tiempo hizo inevitable la distancia. Pero hay afectos que no conocen de ausencias. Permanecen. Se quedan habitando algún rincón profundo del corazón.
Por eso, a veces cierro los ojos.
Y vuelvo.
Vuelvo a mí.
Vuelvo a ti.
Vuelvo a nosotros.
Visito muchos lugares con el alma. Algunos están llenos de risas; otros guardan lágrimas. En algunos todavía escucho voces queridas. En otros encuentro abrazos que el tiempo no pudo borrar.
Y los recorro todos con amor.
Porque también somos eso: la suma de los lugares que hemos amado, de las personas que nos dejaron una huella y de los momentos que todavía consiguen emocionarnos.
La memoria tiene esa maravillosa capacidad de acercarnos aquello que la distancia intenta llevarse. Nos permite conversar nuevamente con quienes ya no están, sentir el calor de un abrazo que quedó suspendido en el tiempo y volver a mirar con ternura a quienes alguna vez fuimos.
Quizás por eso recordar no siempre significa vivir del pasado.
A veces recordar es una manera de recuperar fuerzas para seguir adelante.
Es decirnos que hubo amor.
Que hubo encuentros.
Que hubo momentos que valieron la pena.
Que nuestra historia está hecha también de esos pequeños instantes que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en eternidad.
Porque hay recuerdos que no envejecen.
Pueden pasar los años, cambiar las circunstancias, desaparecer algunos rostros de nuestra vida cotidiana, pero aquello que fue verdadero permanece de una manera misteriosa. No siempre sabemos dónde guardamos los recuerdos, pero sabemos exactamente dónde encontrarlos cuando los necesitamos.
Están ahí.
En el corazón.
Y entonces cerramos los ojos y sucede algo maravilloso: por un instante desaparecen las distancias, el tiempo deja de importar y volvemos a ser aquellos que alguna vez fuimos.
Volvemos a abrazarnos.
Volvemos a querernos.
Volvemos a sentirnos cerca.
Y por un instante, volvemos a ser lo que siempre somos: nosotros.
Porque quizás el alma tenga una memoria diferente a la de los calendarios. No cuenta los años. No entiende de despedidas. No reconoce fronteras.
El alma solamente sabe de afectos.
Y cuando un amor fue verdadero, cuando una amistad fue sincera, cuando un abrazo fue de esos que dicen todo sin necesidad de palabras, el alma guarda el camino de regreso.
Por eso, cuando extrañemos, cuando la nostalgia nos visite o cuando necesitemos volver a encontrarnos con alguien que amamos, tal vez no tengamos que buscar demasiado.
Solo cerrar los ojos.
Respirar.
Y dejar que el corazón nos lleve.
Porque el alma sabe cómo volver.