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Hay momentos en los que el mundo parece hablar demasiado fuerte.
Los titulares golpean desde temprano. Las redes sociales se convierten en escenarios de enfrentamientos permanentes. Las palabras se cruzan, las opiniones se endurecen y pareciera que, detrás de cada noticia, existe una nueva razón para perder la esperanza.
Vivimos tiempos de ruido.
Tiempos en los que muchas veces tenemos la sensación de que todo se desmorona, de que las certezas se vuelven frágiles y de que aquello que alguna vez parecía sólido comienza a mostrar sus grietas.
Pero quizás haya otra manera de mirar lo que está sucediendo.
Porque no todo lo que parece un derrumbe es necesariamente un final.
A veces, aquello que se rompe es simplemente aquello que ya no podía seguir sosteniéndose.
Las mentiras comienzan a quedar expuestas. La corrupción deja de esconderse detrás de los discursos. Las viejas estructuras muestran su desgaste. Las divisiones que durante años permanecieron debajo de la superficie aparecen finalmente ante nuestros ojos.
Y duele.
Claro que duele.
Todo cambio verdadero tiene algo de incertidumbre y también algo de miedo. Porque abandonar lo conocido, incluso cuando sabemos que ya no funciona, siempre exige una cuota de valentía.
Quizás por eso tantas personas sienten, en estos tiempos, una extraña urgencia. Una sensación difícil de explicar, como si algo estuviera cambiando profundamente aunque todavía no podamos ver con claridad hacia dónde conduce ese movimiento.
Tal vez no se nos está acabando el tiempo.
Tal vez, simplemente, estamos aprendiendo a no desperdiciarlo.
Quizás la vida nos está diciendo que ya no podemos permanecer eternamente esperando que las circunstancias sean perfectas para comenzar a caminar.
Lo desconocido asusta.
Pero lo desconocido no significa que esté vacío.
Hay caminos que solamente aparecen cuando damos el primer paso.
Hay personas que llegan después de que nos animamos a salir de determinados lugares. Hay oportunidades que aparecen cuando dejamos de mirar únicamente aquello que perdimos. Hay respuestas que encontramos cuando finalmente nos atrevemos a formular nuevas preguntas.
Por eso no necesitamos comprender todo lo que ocurre en el mundo para decidir quiénes queremos ser dentro de él.
Frente a la corrupción, podemos elegir la honestidad.
Frente a la crueldad, podemos elegir la compasión.
Frente al odio, podemos elegir no convertirnos en otra voz que lo multiplique.
Frente a la desesperanza, podemos encender una pequeña luz.
Y quizás ahí comienza verdaderamente el cambio.
No necesariamente en los grandes discursos ni en los acontecimientos que ocupan las primeras páginas. Muchas veces el cambio comienza en lugares mucho más pequeños: en una persona que ayuda a otra, en una palabra dicha a tiempo, en alguien que decide perdonar, en una familia que vuelve a sentarse a conversar, en un vecino que tiende una mano, en quien elige hacer el bien aun cuando nadie está mirando.
Cada gesto cuenta.
Cada acto de bondad deja una huella.
Cada conversación sincera puede reparar algo.
Cada persona que se niega a permitir que el miedo endurezca su corazón está construyendo, aunque no lo sepa, una parte del mundo que todavía soñamos.
Porque la paz que buscamos afuera no siempre comienza cuando el mundo deja de hacer ruido.
A veces comienza cuando nosotros dejamos de permitir que ese ruido gobierne nuestro interior.
No podemos controlar todos los titulares.
No podemos resolver todas las injusticias.
No podemos saber qué ocurrirá mañana.
Pero sí podemos decidir qué hacemos hoy con nuestra palabra, con nuestras acciones, con nuestros vínculos y con nuestra manera de mirar a los demás.
Y eso no es poco.
En medio de tanta oscuridad, todavía existe una enorme cantidad de personas que aman, cuidan, ayudan, trabajan, crean, perdonan, educan, curan, acompañan y vuelven a empezar.
Hay padres que abrazan a sus hijos.
Hay abuelos que cuentan historias.
Hay jóvenes que sueñan.
Hay trabajadores que todos los días vuelven a intentarlo.
Hay personas que, después de haber sido heridas, todavía encuentran fuerzas para amar.
Hay quienes en silencio están sembrando aquello que otros algún día llamarán esperanza.
Quizás por eso no debemos confundir el ruido con la realidad.
La oscuridad hace mucho ruido, pero la luz no necesita gritar para existir.
Tal vez estamos atravesando el final de algunas formas de vivir, de pensar y de relacionarnos que ya no tienen lugar en el mundo que comienza a nacer.
Tal vez este tiempo incómodo sea también una oportunidad.
Una oportunidad para volver a lo esencial.
Para recuperar la palabra.
Para recuperar la empatía.
Para aprender nuevamente a mirarnos sin convertir al otro en enemigo.
Para comprender que nadie construye un futuro mejor desde el odio permanente.
Quizás todavía no podamos ver ese futuro.
Pero eso no significa que no esté llegando.
Por eso, cuando todo parezca demasiado confuso, mantente firme.
No porque tengas todas las respuestas.
Sino porque todavía tienes la posibilidad de elegir quién quieres ser.
Vive el presente.
Cuida a quienes amas.
No permitas que el miedo te robe la capacidad de soñar.
No dejes que la crueldad de algunos convierta tu corazón en piedra.
Y, sobre todo, no subestimes la diferencia que puede hacer una pequeña luz cuando alrededor parece haber tanta oscuridad.
Quizás mañana entendamos muchas de las cosas que hoy nos duelen.
Quizás descubramos que algunos finales eran necesarios para abrir puertas que todavía no podíamos imaginar.
Y quizás, cuando miremos hacia atrás, comprendamos que aquel momento que tanto miedo nos daba no era el final del camino.
Era el comienzo.
Mantente firme.
El mundo puede estar atravesando una tormenta, pero todavía hay manos dispuestas a ayudar, corazones dispuestos a amar y personas dispuestas a construir.
Y tal vez esa sea nuestra tarea ahora:
no esperar que el mundo cambie para empezar a cambiar nosotros.
Porque quizás no llegaste tarde.
Quizás no perdiste el rumbo.
Quizás simplemente estás atravesando el capítulo más difícil de una historia que todavía no terminó.
Viniste para este momento.
Y aunque hoy no puedas verlo con claridad, quizás lo estés haciendo mucho mejor de lo que crees.