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Hay momentos en la vida para los que nadie nos prepara. Uno de ellos llega cuando nuestros padres, aquellos que durante tantos años fueron nuestro sostén, comienzan a necesitarnos.
Durante la infancia, ellos parecen invencibles. Son ese abrazo al que acudimos cuando tenemos miedo, la mano que nos acompaña cuando aprendemos a caminar y la voz que nos dice que todo estará bien cuando el mundo parece demasiado grande.
Nuestros padres fueron, muchas veces, nuestro primer hogar.
Nos cuidaron cuando no podíamos hacerlo por nosotros mismos. Se levantaron de madrugada cuando estuvimos enfermos, estuvieron presentes en nuestros primeros logros y también cuando sufrimos nuestras primeras derrotas. Nos enseñaron a levantarnos después de cada caída y nos dieron amor aun cuando nosotros todavía no sabíamos cuánto significaba recibirlo.
Pero el tiempo, silenciosamente, transforma las cosas.
Un día descubrimos que aquellos que siempre estuvieron para nosotros comienzan a necesitar nuestra compañía, nuestra paciencia, nuestra ayuda. Quizás necesitan que los acompañemos a una consulta, que hagamos un trámite, que los ayudemos en alguna tarea cotidiana o, simplemente, que nos sentemos a conversar con ellos.
Y entonces ocurre algo profundo: los papeles comienzan a cambiar.
Ya no somos solamente los hijos que reciben cuidados. También somos quienes debemos cuidar.
Ese momento puede despertar sentimientos contradictorios. Cansancio, preocupación, tristeza, miedo e incluso, algunas veces, la sensación de que cuidar se ha convertido en una carga.
Pero quizás sea necesario mirar ese momento desde otra perspectiva.
Cuidar a nuestros padres no debería ser entendido únicamente como una obligación. También puede ser una de las formas más profundas de agradecer.
No se trata de devolver exactamente todo lo que ellos hicieron por nosotros —porque ningún hijo podría hacerlo—, sino de ofrecerles ahora aquello que alguna vez ellos nos dieron: presencia, compañía, paciencia, protección y amor.
Hay algo particularmente doloroso en comprender que no todos tienen la posibilidad de vivir esta etapa.
Hay hijos que darían cualquier cosa por volver a escuchar la voz de su madre. Otros pagarían lo imposible por un último abrazo de su padre, por una conversación pendiente o por poder decir una vez más: “Gracias”.
Por eso, mientras nuestros padres estén a nuestro lado, quizás no debamos esperar una fecha especial para demostrarles cuánto significan.
Abracémoslos. Escuchémoslos. Tengamos paciencia. Acompañémoslos.
Porque llegará un día en que ya no podremos hacerlo.
Y entonces comprenderemos que aquellas tardes compartidas, aquellas conversaciones repetidas, aquellas visitas que alguna vez parecieron demasiado largas y hasta esos pequeños reclamos que nos incomodaban, eran en realidad momentos irrepetibles.
La vida tiene una manera silenciosa de enseñarnos que nada es para siempre.
Los padres envejecen. Sus fuerzas disminuyen. Sus pasos se vuelven más lentos. Algunas cosas que antes hacían con facilidad comienzan a costarles. Y mientras eso ocurre, nosotros tenemos la posibilidad de caminar un poco más despacio a su lado.
Quizás eso sea, en definitiva, amar: adaptar nuestro paso al de quien alguna vez adaptó el suyo al nuestro.
Cuando éramos pequeños, ellos nos tomaban de la mano para enseñarnos a caminar.
Cuando sean ellos quienes necesiten apoyo, tal vez nos corresponda tomarles la mano nuevamente.
No como una carga.
No como una obligación.
Sino como un acto de amor.
Porque al final del camino, cuando muchas cosas materiales hayan perdido importancia, probablemente quedará una sola pregunta verdaderamente esencial:
¿Cuánto amor fuimos capaces de dar a quienes tanto amor nos dieron?
Y si todavía tenemos la dicha de tener a nuestros padres cerca, quizás hoy sea un buen día para acercarnos, abrazarlos y decirles, simplemente:
“Estoy acá. Como vos estuviste tantas veces para mí.”
A veces, eso es todo lo que necesitan.
Y quizás también sea todo lo que nosotros necesitamos para comprender el verdadero significado de haber sido hijos.