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LOS DOS MUNDOS QUE HABITAMOS

Todos vivimos en dos mundos.

Está el mundo real: el de los hechos, las obligaciones, los horarios, las cuentas, las responsabilidades, las personas que llegan y las que se van. Un mundo que tiene sus propias reglas y que muchas veces no nos pregunta qué queremos. Simplemente sucede.

Pero existe otro mundo.

Uno mucho más silencioso y, quizás, mucho más poderoso.

Es el mundo que llevamos dentro de la cabeza.

Un paisaje hecho de pensamientos, recuerdos, sueños, temores, deseos, nostalgias y esperanzas. Un territorio invisible donde podemos volver a lugares que ya no existen, conversar con personas que están lejos, abrazar a quienes ya no están y construir futuros que todavía no conocemos.

En ese mundo interior podemos ser quienes realmente sentimos que somos.

Porque nadie ve completamente lo que ocurre dentro de nosotros.

Alguien puede mirarnos y encontrarnos sonriendo, mientras por dentro estamos librando una batalla. Puede vernos tranquilos mientras nuestra mente está llena de preguntas. Puede pensar que tenemos una vida perfecta sin imaginar las noches en las que nos quedamos pensando demasiado.

Y también sucede lo contrario.

Podemos estar atravesando dificultades afuera y, sin embargo, conservar dentro de nosotros un pequeño lugar donde todavía vive la esperanza.

Ese es uno de los grandes misterios de la condición humana: no siempre vivimos lo que sentimos, ni sentimos solamente lo que vivimos.

A veces, el mundo exterior nos lastima, pero nuestro mundo interior nos sostiene.

Una palabra puede cambiar nuestro día.

Un recuerdo puede devolvernos una sonrisa.

Una canción puede llevarnos veinte años atrás.

Una fotografía puede abrir una puerta que creíamos cerrada.

Y una persona puede aparecer inesperadamente en nuestra vida y comenzar a habitar ese paisaje interior sin siquiera saberlo.

Porque hay presencias que no necesitan estar físicamente cerca para sentirse profundamente.

También existen ausencias que, aunque ya no formen parte de nuestra vida cotidiana, siguen viviendo en algún rincón de nuestra memoria.

Nuestro mundo interior guarda todo aquello que la realidad no puede explicar.

Por eso debemos aprender a cuidarlo.

No podemos controlar todo lo que sucede afuera. No podemos evitar todas las decepciones, impedir que alguien nos abandone, controlar lo que otros piensan de nosotros ni detener el paso del tiempo.

Pero podemos aprender a mirar de otra manera lo que ocurre dentro de nosotros.

Podemos elegir qué pensamientos alimentar, qué recuerdos conservar como enseñanza y cuáles dejar descansar. Podemos transformar una herida en experiencia, una caída en aprendizaje y una incertidumbre en una oportunidad para seguir caminando.

Quizás madurar consista, en parte, en aprender a construir un lugar habitable dentro de nosotros mismos.

Un lugar donde podamos regresar cuando el mundo exterior se vuelva demasiado ruidoso.

Porque tarde o temprano comprendemos algo esencial: la vida no ocurre solamente en las calles que caminamos, en las casas donde vivimos o en las personas que nos rodean. También ocurre en ese territorio invisible donde pensamos, sentimos, recordamos y soñamos.

Allí también está nuestra vida.

Y quizás por eso, cuando todo parece perdido afuera, todavía podemos encontrar una pequeña luz adentro.

Una luz que nos recuerda que mientras podamos imaginar, sentir, amar y volver a empezar, todavía queda mundo por vivir.

Porque tenemos dos mundos.

Uno que compartimos con todos.

Y otro que, aunque nadie pueda verlo completamente, es profundamente nuestro.

Y muchas veces, es allí adentro donde comienza la verdadera posibilidad de cambiar nuestra vida.



Autor:Editorial

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