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No como separación, sino como sagrado orden del Universo.
Un mismo cielo nos cubre, pero cada alma habita su propio cosmos interior.
No existen dos conciencias que respiren el Misterio del mismo modo.
Cada mirada es un mundo en expansión, cada corazón una galaxia donde orbitan memorias, heridas, aprendizajes y anhelos que solo esa alma comprende.
Vivimos bajo el mismo sol, pisamos la misma tierra, pero sentimos desde historias distintas, desde creencias tejidas por experiencias irrepetibles, desde procesos evolutivos que no se pueden comparar.
Cada alma está en su tránsito hacia la perfección eterna.
No una perfección rígida, sino una expansión continua hacia la conciencia, hacia el recuerdo de lo que siempre ha sido: luz encarnada aprendiendo a reconocerse.
Por eso, lo que para mí es claridad, para otro puede ser sombra; lo que para mí es sencillo, para otro puede ser una montaña sagrada que aún está aprendiendo a escalar.
No todos están en el mismo peldaño, no todos miran desde la misma altura del alma.
“Cada quien con cada cual” es aceptar que el Universo no repite procesos.
Es comprender que nadie está atrasado ni adelantado: cada espíritu despierta a su ritmo, según el pulso divino que lo guía desde dentro.
Habitar el mismo mundo no significa ver lo mismo.
Significa aprender a honrar los universos que viven detrás de cada mirada.
Significa dejar de imponer nuestro cielo y empezar a respetar la constelación ajena.
Cuando entendemos esto, nace la compasión.
Y cuando nace la compasión, el alma madura.
Porque al final, todos caminamos hacia la misma Fuente, pero cada cual recorre su sendero con sus propias estrellas.