Warning: mysqli_stmt::close(): Couldn't fetch mysqli_stmt in /home/c2060665/public_html/articulo.php on line 137
Qué ocurre cuando se atraviesan injusticias y, después de eso, algo queda bloqueado.
No se trata solo del dolor por lo vivido, sino de una consecuencia más silenciosa y desconcertante: después de ciertas experiencias injustas, muchas personas no solo quedan heridas. Quedan detenidas.
La injusticia no siempre deja únicamente enojo o tristeza.
A veces deja algo más complejo: una interrupción interna.
La persona sigue adelante en apariencia, pero algo en su capacidad de confiar, actuar, entregarse o sostener iniciativa queda afectado.
No siempre se trata de falta de voluntad.
Muchas veces se trata de un sistema que ha asociado exposición con arbitrariedad, esfuerzo con desprotección y participación con riesgo.
Cuando una persona atraviesa una injusticia importante, especialmente si fue sostenida, negada o ejercida por alguien con poder, lo que se daña no es solo el bienestar emocional. También se altera la relación con el sentido.
La injusticia no duele únicamente por lo que quita.
Duele por lo que rompe: la expectativa de coherencia entre lo que se da y lo que se recibe, entre el esfuerzo y el reconocimiento, entre el valor y el trato.
Cuando esa lógica se rompe repetidamente, el sistema no solo sufre.
Aprende.
Y muchas veces aprende algo peligroso: que no importa cuánto se haga, el resultado puede seguir siendo arbitrario.
Que el mérito no protege. Que el esfuerzo no garantiza.
Que exponerse no necesariamente tiene sentido.
A partir de ahí, lo que aparece muchas veces no es pereza ni desinterés.
Es bloqueo.
El bloqueo posterior a la injusticia no siempre es incapacidad.
A menudo es una forma de inhibición defensiva.
Una parte de la persona sigue queriendo moverse, construir, confiar o intentar.
Pero otra parte, más profunda, ha quedado organizada alrededor de una conclusión silenciosa: no es seguro implicarse del todo.
Entonces aparece la parálisis, la postergación, la dificultad para tomar impulso, la pérdida de confianza en el propio criterio o la sensación de estar apagado.
Desde fuera puede parecer desmotivación.
Desde dentro suele sentirse como una mezcla de agotamiento, rabia retenida y desconfianza.
La persona no siempre está solo triste.
Muchas veces está internamente detenida por una experiencia que alteró la relación entre esfuerzo y sentido.
Esto se intensifica cuando la injusticia no fue solo un hecho aislado, sino algo repetido o no reconocido.
La falta de validación profundiza el daño.
No solo ocurrió algo injusto; además no fue visto, reparado o nombrado.
Y cuando una experiencia injusta no encuentra reconocimiento, el sistema no solo queda herido. Queda sin marco para procesarla.
Por eso muchas personas después de una injusticia no logran simplemente “seguir”.
No porque no quieran, sino porque algo en ellas sigue intentando entender si vale la pena volver a exponerse a un sistema que ya demostró que puede ser arbitrario.
El trabajo no consiste en obligarse a funcionar como si nada hubiera pasado. Consiste en reconocer que el bloqueo no siempre es debilidad.
A veces es la consecuencia psíquica de haber aprendido, de forma dolorosa, que implicarse no garantizaba protección.
Salir de ese estado no empieza con motivación. Empieza cuando la experiencia deja de vivirse solo como prueba de impotencia y empieza a poder nombrarse como lo que fue: una injusticia real que produjo una inhibición real.
Y desde ahí, lentamente, puede empezar a reconstruirse algo esencial: no la ilusión de que todo será justo, sino la capacidad de volver a moverse sin entregar por completo el centro a lo injusto que ocurrió.