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NO HACE FALTA PARECER ESPIRITUAL PARA SER ESPIRITUAL

Meditar más. Leer filosofía. Buscar respuestas sobre la conciencia. Repetir mantras. Conocer antiguas enseñanzas. Aprender a permanecer en silencio. Alcanzar cierta paz interior.

Como si la espiritualidad fuera una meta.

Como si hubiera que cumplir determinados requisitos para acercarse a Dios, a la conciencia o a aquello que cada uno entiende como lo Divino.

Con el tiempo comprendí que quizás estábamos complicando algo profundamente sencillo.

Porque una persona puede meditar durante horas y, sin embargo, ser incapaz de tener compasión por quien sufre.

Puede hablar de amor y tratar con indiferencia a quien tiene al lado.

Puede conocer libros sagrados, citar filósofos, hablar de energía, conciencia y trascendencia… y todavía no haber aprendido a pedir perdón.

Entonces aparece una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿De qué sirve parecer espiritual si no aprendemos a ser mejores seres humanos?

Tal vez la verdadera espiritualidad no se encuentra solamente en un templo, en una meditación, en una oración o en un libro.

Tal vez también está en la manera en que miramos a los demás.

En cómo tratamos a quien no puede darnos nada a cambio.

En la paciencia que tenemos con quien piensa diferente.

En la honestidad cuando nadie nos observa.

En la capacidad de reconocer que nos equivocamos.

En pedir perdón cuando hemos herido.

En perdonar cuando podemos hacerlo.

En ayudar sin necesidad de contarlo.

En elegir la bondad incluso cuando podríamos elegir la indiferencia.

Quizás allí comienza una espiritualidad mucho más profunda.

Una espiritualidad sin disfraces.

Sin necesidad de demostrar nada.

Porque lo verdaderamente espiritual no siempre hace ruido.

A veces tiene la forma de una mano que ayuda.

De una palabra que consuela.

De alguien que escucha.

De una persona que decide no devolver una ofensa.

De quien, pudiendo hacer daño, elige no hacerlo.

Y también está en nuestros propios errores.

Porque ser espiritual no significa ser perfecto.

Seguiremos teniendo miedo, ego, contradicciones, enojos, inseguridades y momentos de debilidad.

Seguiremos cayendo.

La diferencia quizá esté en lo que hacemos después de caer.

¿Somos capaces de mirarnos con honestidad?

¿De aprender?

¿De cambiar?

¿De elegir nuevamente el amor?

Tal vez la verdadera evolución del ser humano no consiste en escapar de nuestra humanidad, sino en llenarla de conciencia.

No se trata de dejar de sentir enojo, sino de aprender qué hacemos con él.

No se trata de no equivocarnos, sino de asumir nuestras equivocaciones.

No se trata de parecer iluminados, sino de iluminar un poco la vida de quienes tenemos cerca.

Porque quizá la pregunta más importante no sea cuánto sabemos sobre espiritualidad.

Sino qué hacemos con aquello que sabemos.

¿Qué clase de persona somos cuando nadie nos está mirando?

¿Cómo tratamos al que piensa distinto?

¿Qué hacemos cuando nuestro orgullo quiere ganar?

¿Podemos tener razón sin humillar?

¿Podemos disentir sin odiar?

¿Podemos amar sin poseer?

¿Podemos ayudar sin esperar reconocimiento?

Quizás allí se encuentre el verdadero examen de nuestra vida.

No en cuánto hemos aprendido, sino en cuánto hemos transformado nuestro corazón.

Después de todo, podemos pasar años buscando a Dios y quizá descubrir, algún día, que Dios estaba presente en cada gesto de amor que fuimos capaces de ofrecer.

En cada abrazo.

En cada perdón.

En cada acto de generosidad.

En cada vez que elegimos comprender en lugar de juzgar.

En cada ocasión en que, pudiendo ser crueles, decidimos ser buenos.

Tal vez no vinimos a este mundo para convertirnos en seres perfectos.

Vinimos a aprender.

A sentir.

A equivocarnos.

A amar.

A caer y levantarnos.

A descubrir, poco a poco, que detrás de nuestras diferencias existe algo profundamente común: todos somos seres humanos intentando encontrar un poco de luz en medio de nuestras propias oscuridades.

Por eso, quizás no haga falta parecer espiritual.

No hace falta tener un lenguaje especial.

No hace falta exhibir conocimientos.

No hace falta una identidad espiritual.

No hace falta demostrarle nada a nadie.

Quizás basta con intentar ser un buen ser humano.

Ser amable cuando podríamos ser indiferentes.

Ser honestos cuando mentir sería más cómodo.

Ser compasivos cuando juzgar resulta más fácil.

Perdonar cuando el rencor parece justificable.

Amar incluso cuando el ego nos pide cerrar el corazón.

Y quizá, al final de este largo viaje que llamamos vida, comprendamos algo profundamente hermoso:

Nunca estuvimos intentando llegar a lo Divino.

Quizás solamente estábamos aprendiendo a quitar todo aquello que impedía que el amor pudiera expresarse a través de nosotros.

Y tal vez eso sea, en su forma más sencilla y más profunda, la espiritualidad:

no parecer más espirituales, sino ser cada día un poco más humanos.

Porque cuando el amor se convierte en nuestra manera de vivir, ya no necesitamos ninguna insignia para demostrarlo.

El amor habla por nosotros.

Y quizás Dios también.



Autor:Editorial

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