Hay personas que luchan durante años por amor, estabilidad, reconocimiento o calma…
y cuando por fin lo alcanzan, algo en su interior se inquieta.
No se alejan por drama.
No sabotean por capricho.
Simplemente se van sin saber por qué.
Como si lo bueno les quedara grande.
Desde una mirada junguiana, esto se entiende como el miedo a lo bueno: cuando la psique está más entrenada para sobrevivir que para recibir.
El dolor se vuelve territorio conocido.
La paz, una experiencia extraña.
Y el inconsciente —que busca seguridad antes que felicidad— elige lo familiar, aunque duela.
El síntoma es claro: cuando todo empieza a ir bien, aparecen los nervios, las dudas, la distancia emocional, la frialdad, las ganas de huir sin una razón aparente.
No es que no quieras ser feliz.
Es que tu sistema interno aún no aprendió a sostener la calma.
Sanar, en este punto, no es “buscar más”.
No es esforzarte, ni conquistar nada nuevo.
Sanar es permitirte quedarte cuando ya no hay guerra.
Porque a veces, lo más difícil no es resistir… sino aprender a descansar sin culpa.