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En este lúgubre pasaje entre la imaginación y la ensoñación,
vi tu rostro marchito entre calas que olían a muerto.
Una tormenta de treinta años entre nosotros, un abismo que se
hizo torbellino sin aires ni tormentas, de sueños rotos en ese, mi doble, que se
ve en el espejo deforme con el mismo ojo que antes y la mirada sin vida.
Te llamé en ese mar de fugitivos donde las sirenas existían y
las ninfas eran monstruosas ánimas de las pesadillas fieras, en donde lo real
se esfumaba.
No acudiste; sin embargo, una sombra hizo un leve ademán con
los dedos de la mano derecha que me llevó a sentirme un espectro en la jauría
de los afligidos.
Tú, mi gran Osiris, convertido en apenas una sombra rodeado
de rosas negras en la quietud de la luna que pudre el pescado en menos de diez
minutos, tú, la guerra en la paz de mis horas interminables, donde no existía
más que el susurro de tus palabras en mis oídos llenos de tu miel, que no
percibieron el aguijón que vendría con el tiempo.
En esa batalla donde ambos nos despedimos y yo jalaba de tu
cabello para que no te fueras, y tú, el eterno guerrero de alquimias, sonreías
por mi aflicción y tu deseo de coronas, dejé en la tierra el corazón
despellejado por aves carnívoras y mi energía cayó al abismo convirtiéndome en
anciana. En unos segundos la vejez en mis huesos, los ojos vacíos, la piel pellejos.
Tu rostro se hizo de humo denso en un único huracán que gemía desde el inframundo.
He sido la mujer niña que no ha podido revivirte de la envidia áspera del amor que no se nombra.
La resurrección lejos de nuestro siglo y los miembros esparcidos en el mar de los lamentos.
El amor a solas, la escucha persistente de mi nombre sin ser pronunciado, la tenaz garra del águila que se rompe en la montaña con el objetivo de vivir casi tres veces tres lo que estaba dado.
Un ángel me vio a mí, anciana mutilada, y bajó con sus alas de azul oro. Me elevó hasta la colina donde el paraíso es un subnombre y los cerdos comían flores.
Te vi. Tan bello, con la piel del sol amada, tu mentón firme y coronas de Zeus en tu cabeza.
Me dirigiste una mirada de lástima sin reconocerme y se clavó en mi garganta la ponzoña del veneno.
Desde entonces te contemplo y maldigo, y del amor eterno el odio como hierro marcado en mis sienes; me aparté para no dañarte y solo imploro clemencia para que me dejen huir de este, tu paraíso.