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El animus

 

Si el animus en una mujer tiene relación con el merecimiento, el dinero y la vocación. La respuesta es sí, y de forma más profunda de lo que suele pensarse. El animus no se expresa solo en la elección de pareja o en la relación con lo masculino externo. También organiza, de manera muy directa, la forma en que una mujer se posiciona frente al mundo, frente a su palabra, frente al valor de lo que hace y frente a su derecho a ocupar un lugar.

El animus es una función psíquica. No es simplemente “lo masculino en la mujer”, entendido de forma literal o estereotipada. Es el principio interno que participa en la dirección, el criterio, la afirmación, la capacidad de nombrar, decidir, sostener posición, orientar energía hacia afuera y dar forma a una voluntad propia. En términos más profundos, tiene que ver con la relación que una mujer establece con su autoridad interna.

Por eso sí, el animus influye profundamente en el merecimiento. No solo en cuánto cree una mujer que merece recibir, sino en cuánto puede sostener internamente la idea de que tiene derecho a pedir, a cobrar, a ocupar espacio, a no justificarse por existir, a reconocer valor en lo que ofrece sin tener que disminuirlo para seguir siendo aceptada. Cuando el animus está debilitado, colonizado o escindido, muchas mujeres pueden ser profundamente capaces y aun así vivir con dificultad para legitimarse.

Esto afecta de forma muy concreta la relación con el dinero. El dinero no es solo economía. También es valor simbolizado, intercambio, permiso, poder de acción y reconocimiento material de lo que una persona produce. Cuando el animus está empobrecido, muchas mujeres pueden trabajar mucho y aun así cobrar poco, dudar de su valor, sentirse incómodas al recibir, postergar decisiones económicas o vivir el dinero con culpa, temor o desautorización interna.

No siempre se trata de incapacidad para generar. Muchas veces se trata de dificultad para sostener internamente el derecho a recibir sin sentir que eso pone en riesgo el amor, la aceptación o la pertenencia. Y allí el problema no es solo económico. Es estructural.

Lo mismo ocurre con la vocación. La vocación no depende solo del talento o del deseo. También depende de la capacidad de orientar energía hacia una dirección propia y sostenerla. Esto requiere animus. Requiere decisión, criterio, continuidad, afirmación y cierta capacidad de separarse de la expectativa ajena para seguir una dirección interna. Cuando esa función está débil, no siempre falta deseo. Muchas veces falta permiso interno para tomarlo en serio.

Por eso hay mujeres con gran sensibilidad, intuición y talento, pero con enormes dificultades para sostener una dirección propia sin dudar, sin fragmentarse o sin necesitar constante validación externa. No porque no tengan capacidad, sino porque el eje de autoridad interna no está suficientemente consolidado.

El estado del animus también influye en la forma en que una mujer piensa. Cuando está poco diferenciado, puede aparecer como voz crítica, rígida, descalificante o sentenciosa. En lugar de sostener criterio, ataca. En lugar de orientar, invalida. En lugar de afirmar, fragmenta. Muchas veces lo que parece “falta de confianza” es una relación interna colonizada por un animus crítico en lugar de uno estructurante.

Trabajar el animus no consiste en volverse más dura, más productiva o más controladora. Consiste en diferenciar una autoridad interna que no humille, una dirección que no violente y una afirmación que no dependa de endurecerse para existir.

Cuando el animus madura, la mujer no solo se vincula distinto con lo masculino externo. Se vincula distinto con su palabra, con su deseo, con su valor, con el dinero y con su derecho a hacer de su vocación algo real en el mundo.



Autor:EDITORIAL

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