Warning: mysqli_stmt::close(): Couldn't fetch mysqli_stmt in /home/c2060665/public_html/articulo.php on line 137

La Oscuridad

La noche descendía como un sudario sobre la ciudad olvidada. Entre torres desmoronadas y vitrales quebrados de una catedral en ruinas, los espectros regresaban a mi mente, vagando entre los corredores húmedos como monjes sin rostro. Cada paso en la penumbra era un golpe de campana enloquecida, un eco que dibujaba sobre mis sienes el retrato infernal de un cuadro roto, retorcido como ramas secas bajo la luna.

Tu nombre resonaba allí, repetido en un murmullo blasfemo que se alzaba como plegaria herética en los pasillos del viento. Se inscribía en mis venas, quemaba mis huesos, marcaba el compás de mis luces negras como órgano espectral que aún canta entre las ruinas.

¡Oh, noche maldita! Maldita seas mil veces. Que el fuego devore tus ojos y encienda en ellos a las salamandras ocultas de los abismos; que mi voz, como un incienso corrupto, sople en tus oídos los deseos febriles de las musas caídas; y que mi carne, alzándose como estandarte roto en lo alto de un torreón, te arrastre hacia la marea oscura, donde las olas azules son cementerios y la naturaleza yace muerta en la tierra baldía de los desposeídos.

Yo te había elevado como a un dios bello, y no fuiste más que sombra. Un altar vacío. Un ídolo quebrado que se derrumba en su propio mármol. Y de los recuerdos emergió el Loco sin camino, perdido entre los corredores de mi delirio, bifurcando su andar entre mis arrebatos y tus pensamientos marchitos. Amarte fue sepultarme: tu carne era solo un receptáculo poseído por mis fantasmas, un cuerpo ennegrecido por la sombra de mi condena.

La lluvia de agosto caía sobre el cementerio, intentando borrar con su llanto las huellas de tu imagen. Pero en las noches turbias, entre mausoleos carcomidos, regresabas como polilla nocturna devorando la memoria. Jamás volverás a besar mis labios, donde la pasión murió antes de nacer. Nunca verás luna nueva en mi sangre, esa sangre que aún recuerda tus gemidos, quebrados como los vitrales de la abadía.

¿Y no es acaso el gemido voz de mujeres? Tú, prostituta de mis memorias, espectro vil que se arrastra como peste por corredores enmohecidos, ya no tienes rostro.

Yo, en cambio, avanzo. Mis pasos resuenan entre criptas y arcos rotos. Me interno en el bosque nocturno, donde el viento abre caminos hacia lo eterno. Viajo hacia la sangre que fluye recta, sin máscaras ni desviaciones. Viajo hacia la eternidad donde, bajo el manto del silencio, descansan los huesos de nácares: blanquecinos, luminosos como perlas malditas, brillando en la penumbra de la nada. Nombre : La oscuridad.



Autor:Jorgelina E. Rodríguez

Comentarios

Comentar artículo