Pasamos media vida viendo nuestra identidad como un campo de batalla.
Con la mandíbula apretada y la piel endurecida por una armadura que pesa mas que los golpes que intenta evitar.
La vida se siente a veces como un metal frío que nos corta las manos, mientras intentamos sostener pedazos de nosotros mismos que ni siquiera estamos seguros de querer conservar.
Creemos que estar rotos es un estado definitivo... una textura de cristal astillado que solo sirve para herir a quien se acerque.
Nos lanzamos a la guerra contra nuestras propias sombras, exigiendo victorias que nadie nos ha pedido y buscando ganar una paz que no se conquista... sino que se permite.
Yo también he sido mi peor jueza; he pasado años ignorando mis propios gritos de auxilio creyendo que el silencio era debilidad y que la autocrítica era la única forma de mantenerme en pie.
Sin ver que me estaba convirtiendo en la arquitecta de mi propia ruina.
La verdadera PAZ aparece cuando bajas el arma y te das cuenta de que no hay nadie al otro lado, solo tú esperando una palabra amable.
No se trata de arreglar cada grieta sino de aprender a iluminarlas.
Suelta la necesidad de ganar; permítete el lujo de no tener respuestas para todo y simplemente siéntate a escuchar lo que tu corazón tiene que decirte.
Desde la ternura, no desde el juicio...
Y tú...
¿Cuál es la palabra amable que más necesitas decirte hoy?