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No les Mendigues Amor a tus Hijos

Hay una verdad que muchas veces duele aceptar: los hijos crecen, hacen su propia vida y, en algún momento, dejan de necesitarnos como cuando eran pequeños.

Y eso no significa que hayan dejado de querernos.

A veces, como padres, confundimos el amor con la necesidad de sentirnos permanentemente importantes en la vida de nuestros hijos. Esperamos una llamada, una visita, un mensaje, una palabra de reconocimiento. Y cuando no llega, sentimos que algo se rompe dentro de nosotros.

Entonces aparece la tentación de reclamar: “Ya no te acordás de mí”, “nunca tenés tiempo”, “después de todo lo que hice por vos…”.

Pero el amor no debería convertirse en una cuenta corriente de favores pendientes.

Los hijos no tienen que pagar con atención todo aquello que hicimos por amor. Criarlos, cuidarlos, protegerlos y acompañarlos fue nuestra responsabilidad como padres, pero también fue una de las formas más profundas en las que elegimos amar.

No debemos educarlos para que nos devuelvan sacrificios. Debemos educarlos para que sepan amar, respetar, ser responsables y caminar por la vida con dignidad.

Por eso, llega un momento en que también tenemos que aprender a soltar.

Soltar no significa abandonar.

No significa dejar de estar.

No significa dejar de amar.

Significa comprender que nuestros hijos tienen derecho a construir su propia historia, a equivocarse, a elegir sus caminos y a tener una vida que no gire permanentemente alrededor de nosotros.

Amar a un hijo también es respetar su libertad.

Pero hay algo igualmente importante: ningún padre debería anularse para conseguir cariño.

No hay que mendigar llamadas, ni visitas, ni abrazos. No hay que humillarse para conseguir un poco de atención. Tampoco debemos convertir nuestras carencias afectivas en una obligación para nuestros hijos.

El amor que se reclama deja de sentirse como amor y empieza a parecerse a una deuda.

Y nadie debería amar desde la culpa.

La relación sana entre padres e hijos no se construye desde la dependencia emocional, sino desde el respeto. Desde la posibilidad de decir: “Te amo, estoy cuando me necesites, pero también tengo mi propia vida, mis sueños, mis amistades, mis proyectos y mi dignidad.”

Porque los padres también tienen derecho a seguir viviendo.

A descubrir nuevos caminos.

A disfrutar de sus nietos.

A reunirse con amigos.

A viajar.

A enamorarse.

A comenzar de nuevo.

A reír.

A tener proyectos.

La vida no termina cuando los hijos se van de casa. Comienza otra etapa.

Quizás uno de los mayores aprendizajes de la paternidad sea entender que nuestros hijos no vinieron al mundo para llenar nuestros vacíos. Vinieron para vivir su propia vida.

Nosotros les dimos raíces. Ahora debemos permitirles tener alas.

Y si alguna vez la distancia duele, si una llamada que esperábamos no llega, si una fecha importante pasa sin la compañía que deseábamos, podemos sentir tristeza sin convertirla en reproche.

Porque sentir tristeza es humano.

Pero perder la dignidad por recibir amor no debería ser el precio de ser padre.

Los hijos no nos deben devoción eterna. Nos deben, como nosotros a ellos, respeto.

Y nosotros no debemos exigirles que nos amen de una determinada manera.

El amor verdadero no se mendiga.

Se cultiva.

Se cuida.

Se deja respirar.

Y cuando es auténtico, incluso en la distancia, encuentra siempre alguna manera de permanecer.

Porque quizás la verdadera grandeza de un padre no está en lograr que sus hijos nunca se alejen, sino en haberlos amado tanto que, aun cuando emprendan su propio camino, puedan recordar el hogar al que siempre podrán volver.



Autor:Bianca

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