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Messi, Un Tango más en la Memoria de los Argentinos

Hay momentos en los que uno quisiera detener el reloj, guardar una imagen para siempre y decirle al tiempo: esperá un poco más.

Hoy, para muchos argentinos, Lionel Messi comienza a escribir uno de esos capítulos que duelen, porque cuando llegue el momento de decir adiós a la Selección, no estaremos despidiendo solamente a un futbolista. Estaremos despidiendo una parte de nuestra propia historia.

Messi llegó siendo un chico.

Lo vimos crecer, correr, caerse, levantarse, llorar, sonreír y volver a intentarlo. Lo vimos cargar durante años con una camiseta que, muchas veces, pesaba más que cualquier trofeo.

Porque no siempre fue gloria.

También hubo derrotas. Finales perdidas. Críticas. Silencios. Lágrimas. Momentos en los que parecía que el sueño se alejaba una vez más.

Y, sin embargo, volvió.

Volvió a ponerse la camiseta argentina.

Volvió a entrar a una cancha.

Volvió a intentarlo.

Y quizás allí esté una de las mayores enseñanzas que deja Messi: no abandonar aquello que uno ama simplemente porque alguna vez salió mal.

Messi rompió redes, sí.

Pero rompió muchas otras cosas que parecían imposibles.

Rompió el límite de quien alguna vez dudó de él. Rompió las fronteras del fútbol argentino. Rompió récords, estadísticas y defensas. Pero, sobre todo, rompió una idea mucho más profunda: esa que nos hace creer que una derrota puede definir para siempre nuestro destino.

No lo definió.

Messi siguió.

Y mientras seguía, millones de argentinos seguimos con él.

Por eso su historia tiene algo de tango.

Porque el tango conoce de amores, de encuentros y desencuentros, de noches largas, de lágrimas y de volver a empezar. Tiene tristeza, pero también tiene orgullo. Tiene heridas, pero nunca pierde del todo la esperanza.

Messi también es un tango argentino.

Un tango que comenzó cuando aquel muchacho de Rosario empezó a soñar con una camiseta celeste y blanca.

Un tango que tuvo acordes de tristeza cuando las cosas no salieron como esperaba.

Un tango que volvió a sonar con cada gol, con cada abrazo, con cada bandera argentina levantada en una plaza.

Y finalmente llegaron esas noches que parecían imposibles.

La Copa América.

La Finalissima.

El Mundial.

Y aquella imagen que quedará para siempre: Messi levantando la Copa del Mundo con la camiseta argentina.

Pero quizá su mayor legado no esté solamente en las copas.

Está en el ejemplo.

En demostrar que se puede llegar lejos sin dejar de ser uno mismo.

En que el talento necesita trabajo.

Que los sueños necesitan paciencia.

Que las caídas no necesariamente son el final.

Que a veces hay que soportar el dolor, respirar profundamente y volver a empezar.

Messi nos enseñó que también se gana perdiendo, porque hay derrotas que enseñan a resistir y victorias que llegan muchos años después.

Por eso, cuando algún día miremos hacia atrás y alguien pregunte qué fue Messi para los argentinos, será difícil responder solamente con números, goles o títulos.

Messi fue una historia.

Fue nuestra infancia para algunos, nuestra juventud para otros, y para muchos fue simplemente ese jugador que estuvo allí durante tantos años, acompañando alegrías familiares, reuniones, mates, asados, abrazos, lágrimas y gritos de gol.

Fue el padre que levantó a su hijo frente al televisor.

Fue el abuelo que recordó a los grandes jugadores de otras épocas.

Fue el niño que comenzó a jugar al fútbol soñando con ser como él.

Fue el argentino que, desde cualquier rincón del país, alguna vez gritó:

“¡Vamos, Messi!”

Y quizás eso sea lo más grande.

Que un hombre pueda convertirse en recuerdo antes de irse.

 

Que una camiseta pueda quedar asociada para siempre a una generación.

Que un nombre pueda pronunciarse y despertar inmediatamente una emoción.

Messi no será solamente el mejor jugador del mundo para quienes así lo consideran.

Será el Messi de los argentinos.

El de las lágrimas después de una derrota.

El de la sonrisa después de un gol.

El de los brazos levantados al cielo.

El de la mirada hacia su familia.

El del muchacho que soñó, sufrió, esperó y finalmente pudo.

Y cuando llegue el último silbato, cuando termine esa etapa y la camiseta número 10 quede en el recuerdo, seguramente habrá un silencio.

Después vendrá el aplauso.

Y quizá, en algún lugar de la Argentina, alguien vuelva a poner una vieja canción.

Porque hay historias que no terminan cuando termina el partido.

Hay historias que comienzan a vivir para siempre en la memoria.

Messi será eso: un tango más en la memoria de todos los argentinos.

Un tango de pasión, goles, derrotas, lágrimas y sonrisas.

Un tango que nos enseñó que la grandeza no está solamente en llegar a la cima.

También está en levantarse cada vez que la vida nos hace caer.

Gracias, Leo.

Por los goles.

Por las copas.

Por las alegrías.

Pero, sobre todo, por mostrarnos que detrás del mejor jugador puede existir algo todavía más importante:

un ser humano que nunca dejó de intentarlo.

Por siempre Messi.

Por siempre Argentina.

Por siempre ese tango que seguirá sonando en nuestra memoria.



Autor:Editorial

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