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Una reflexión sobre el valor del tiempo, la importancia de los afectos y la necesidad de aprender a vivir el presente antes de que sea demasiado tarde.
Hay algo que todos sabemos, pero que muchas veces elegimos olvidar: la vida es profundamente frágil. Estamos de paso por este mundo, somos apenas un instante en la inmensidad del tiempo y, sin embargo, vivimos como si tuviéramos garantizado el mañana.
Hacemos planes, acumulamos preocupaciones, discutimos por cosas que con el tiempo pierden importancia y dejamos para después aquello que verdaderamente le da sentido a nuestra existencia. Postergamos una llamada, un encuentro, un abrazo, una palabra de cariño. Creemos que siempre habrá otra oportunidad, otro domingo, otro cumpleaños, otro momento para decir lo que sentimos. Pero la vida no firma contratos con el futuro.
A veces, un segundo alcanza para cambiarlo todo. Una noticia inesperada, una despedida que no imaginábamos, una ausencia que llega sin pedir permiso y nos enfrenta con esa verdad que tanto nos cuesta aceptar: nadie tiene asegurado cuánto tiempo le queda ni cuántas oportunidades tendrá para volver a abrazar a quienes ama.
Por eso, quizás sea tiempo de aprender a vivir de otra manera.
Que no nos gane el orgullo cuando podemos elegir el perdón. Que no nos venza la indiferencia cuando podemos regalar una palabra amable. Que no permitamos que las preocupaciones cotidianas nos roben la posibilidad de disfrutar de quienes tenemos cerca. Porque al final, cuando hacemos un balance de nuestra historia, difícilmente recordemos cuánto dinero acumulamos, cuántas discusiones ganamos o cuántas veces tuvimos razón. Recordaremos los abrazos sinceros, las risas compartidas, las manos que nos sostuvieron y las personas que hicieron más hermoso nuestro camino.
La felicidad tampoco siempre llega envuelta en grandes acontecimientos. Muchas veces vive en una mesa familiar, en un mate compartido, en la sonrisa de un hijo o de un nieto, en una conversación sin apuro, en la compañía de alguien que nos escucha o en la tranquilidad de despertar una mañana más.
Y también está en aprender a soltar. Soltar aquello que nos lastima, dejar atrás los rencores, perdonar cuando el corazón puede hacerlo y comprender que no vale la pena gastar los días alimentando heridas que nos impiden disfrutar de la vida.
No se trata de vivir sin problemas, porque nadie está exento de ellos. Se trata de no permitir que los problemas ocupen todo el espacio que merece la alegría. De entender que ser feliz no significa tenerlo todo resuelto, sino aprender a encontrar motivos para agradecer incluso en medio de las dificultades.
La vida es demasiado corta para vivirla con el corazón lleno de palabras que nunca dijimos y sentimientos que nunca nos animamos a expresar.
Abracemos más. Digamos «te quiero» sin esperar una ocasión especial. Visitemos a quienes extrañamos. Disfrutemos de nuestros afectos. Hagamos las paces con nosotros mismos. No esperemos perder algo para descubrir cuánto significaba.
Porque el tiempo no vuelve, los días no se repiten y las personas que hoy están a nuestro lado no estarán eternamente.
Quizás la mayor sabiduría de la vida consista precisamente en comprender esto: no podemos elegir cuánto durará nuestro viaje, pero sí podemos decidir con cuánto amor, gratitud y humanidad vamos a recorrerlo.
Que cuando la vida nos sorprenda con sus cambios, no tengamos que lamentar tantos abrazos pendientes, tantos besos guardados y tantas oportunidades de ser felices que dejamos pasar.
No esperemos a que una despedida nos enseñe el valor de una presencia. No esperemos a que la ausencia nos recuerde la importancia de alguien.
¡Vivamos! Con más amor, menos orgullo, más ternura y menos rencor. Porque el mañana es una posibilidad, pero el hoy es el único tiempo que verdaderamente nos pertenece.
Y si algo merece nuestro mayor esfuerzo en esta breve aventura llamada vida, es que cuando llegue el momento de mirar hacia atrás podamos decir, con el corazón en paz: no tuve una vida perfecta, pero amé, abracé, agradecí y, sobre todas las cosas, supe vivir.