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¿Soñamos en otro plano… o solo dentro de nuestra mente?

Hay sueños que nacen cuando cerramos los ojos y otros que aparecen cuando los abrimos.
Soñamos mientras dormimos, pero también soñamos despiertos. Soñamos con el amor, con una vida mejor, con aquello que todavía no hemos podido alcanzar, con ver crecer a nuestros hijos, con compartir más tiempo con quienes queremos, con ser mejores compañeros de quienes caminan a nuestro lado. Soñamos con aquello que todavía no existe, pero que dentro de nosotros ya tiene una forma, un nombre y hasta una emoción.
Entonces surge una pregunta que acompaña al ser humano desde siempre: ¿soñamos en otro plano o simplemente estamos imaginando dentro de nuestra propia mente aquello que algún día podría ser?
Quizás el sueño sea mucho más que una fantasía.
Tal vez sea el primer borrador de una realidad posible.
Cuando una persona imagina su futuro, comienza a construirlo de alguna manera. Primero aparece como una idea, después como un deseo y, si encuentra voluntad, esfuerzo y circunstancias favorables, puede transformarse en una realidad.
Pero no todos los sueños están destinados a cumplirse exactamente como los imaginamos. Y allí también existe una enseñanza profunda de la vida.
Porque soñar no significa tener la certeza de que sucederá. Soñar significa atreverse a imaginar que algo puede suceder.
Soñamos con amar y ser amados. Soñamos con encontrar a esa persona con quien compartir silencios, alegrías, preocupaciones y proyectos. Soñamos con una familia, con hijos que crezcan felices, con verlos recorrer sus propios caminos y descubrir que, aunque alguna vez necesitaron nuestras manos para aprender a caminar, llegará el día en que serán ellos quienes nos enseñen nuevas formas de mirar la vida.
Y quizás uno de los sueños más hermosos sea precisamente ese: ver crecer a quienes amamos.
Verlos equivocarse, levantarse, aprender, enamorarse, formar sus propias familias y construir sus propios sueños.
Hay algo profundamente humano en desear que quienes vienen detrás puedan vivir un poco mejor que nosotros.
También soñamos con las personas que tenemos cerca.
Con ser más compañeros. Con escuchar antes de juzgar. Con comprender antes de responder. Con aprender que muchas veces una palabra amable puede hacer más que un largo discurso y que un abrazo puede decir aquello que las palabras no consiguen expresar.
Porque la vida no solamente se construye con grandes proyectos.
También se construye con pequeños gestos.
Una conversación. Una mirada. Una mano sobre el hombro. Una llamada inesperada. Un "¿cómo estás?" preguntado de verdad. Una mesa compartida. Una tarde con los hijos. Una charla con un amigo. Un momento de silencio junto a la persona que amamos.
Quizás allí estén algunos de los sueños más importantes, aunque muchas veces no sepamos reconocerlos.
¿Hasta dónde podemos decir que un sueño es posible?
Esa es una de las grandes preguntas.
¿Dónde termina lo imposible y comienza lo posible?
Tal vez no exista una frontera exacta.
Hay sueños que dependen de nosotros y otros que dependen de circunstancias que no podemos controlar. Podemos trabajar para conseguir un objetivo, pero no podemos controlar todos los acontecimientos de la vida. Podemos amar profundamente, pero no podemos obligar a alguien a amarnos. Podemos educar a nuestros hijos, pero llegará el momento en que deberán elegir su propio camino. Podemos construir proyectos, pero la vida siempre tendrá la última palabra
Por eso, quizás la verdadera sabiduría no esté solamente en perseguir los sueños, sino también en aprender cuáles debemos luchar por alcanzar y cuáles debemos aceptar que tendrán otra forma.
A veces soñamos con una puerta y la vida nos abre otra.
Y nos enojamos.
Pensamos que nuestro sueño se perdió.
Pero muchos años después descubrimos que aquella puerta que se cerró nos llevó hacia un lugar que jamás habíamos imaginado.
La vida tiene esa extraña manera de corregir nuestros planes.
Por eso no debemos tener miedo de soñar.
Porque incluso cuando un sueño no se cumple, puede dejarnos algo: experiencia, aprendizaje, esperanza, fortaleza o una nueva dirección.
Quizás los sueños sean semillas
Una semilla contiene dentro de sí un árbol que todavía no existe.
Nadie puede mirar una semilla y ver inmediatamente sus ramas, sus hojas y sus frutos. Sin embargo, todo eso está allí, escondido, esperando las condiciones necesarias para crecer.
Tal vez nuestros sueños sean algo parecido.
Una idea puede ser una semilla.
Un deseo puede ser una semilla.
Una esperanza puede ser una semilla.
Pero ninguna semilla se convierte en árbol solamente porque la imaginemos.
Necesita tierra, agua, tiempo, paciencia y cuidado.
También nuestros sueños necesitan algo parecido: decisión, esfuerzo, perseverancia, paciencia y, muchas veces, la capacidad de volver a empezar.
Por eso, soñar no es escapar de la realidad.
A veces, soñar es precisamente una manera de transformarla.
Quizás no soñamos en otro plano.
Quizás ese "otro plano" está dentro de nosotros mismos: en nuestra imaginación, en nuestros recuerdos, en nuestros deseos, en aquello que todavía no somos pero que sentimos que podemos llegar a ser.
El futuro, después de todo, todavía no existe.
Y justamente por eso podemos imaginarlo.
Cada uno lleva dentro de sí una pequeña película de lo que quisiera vivir. Algunos sueñan con viajar, otros con formar una familia, otros con recuperar un amor, comenzar un proyecto, ver crecer a sus hijos, reencontrarse con alguien, ayudar a los demás o simplemente encontrar un poco de paz.
No todos los sueños son enormes.
Algunos solamente piden una tarde tranquila.
Un café compartido.
Una conversación pendiente.
Una persona que permanezca.
Un hogar donde exista comprensión.
Una familia reunida alrededor de una mesa.
Y quizás esos sean los sueños más valiosos.
Porque al final de la vida, cuando volvemos la mirada hacia atrás, probablemente descubramos que no fueron las cosas materiales las que más nos hicieron felices, sino las personas con quienes compartimos el camino y los momentos que conseguimos guardar en la memoria.
Entonces tal vez soñar sea una de las formas más profundas de estar vivos.
Porque quien sueña todavía espera.
Y quien espera todavía cree.
Y quien cree que algo puede ser diferente todavía tiene fuerzas para caminar hacia ese lugar.
Tal vez nunca sepamos si nuestros sueños vienen de otro plano o nacen exclusivamente dentro de nuestra mente.
Pero existe algo que sí podemos saber:
mientras tengamos un sueño, todavía existe un futuro posible.
Y mientras exista un futuro posible, siempre habrá una razón para seguir caminando.
Porque quizá la vida no consista solamente en llegar a donde soñamos.
Quizás consista en convertir el camino en parte del sueño.
Y descubrir, mientras avanzamos, que algunas veces el verdadero milagro no es conseguir aquello que imaginamos...
sino darnos cuenta de todo lo que fuimos capaces de vivir mientras intentábamos alcanzarlo.



Autor:Editorial

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