Todos, sin excepción, nos ayudamos mutuamente a recordar el camino a casa.
Cada alma que se cruza en nuestra vida cumple un propósito, aunque a veces ese propósito no se revele de inmediato.
Algunos llegan para mostrarnos amor, otros para reflejar nuestras sombras.
Unos nos acompañan un tramo del camino, y otros nos enseñan a caminar solos.
A veces, esas enseñanzas llegan envueltas en dolor.
Y no se trata de agradecer por haber sido heridos, porque el daño nunca es algo que debamos justificar.
Se trata de reconocer que, a través de lo vivido, el alma despertó a nuevas verdades, a una fuerza interna que quizá no sabíamos que habitaba en nosotros.
Agradecer no por el acto que lastimó, sino por la capacidad que tuvimos de levantarnos, de sanar, de seguir caminando con el corazón abierto.
Porque al final, a quien más debemos agradecer es a nosotros mismos…
por no rendirnos, por volver a creer, por reconstruirnos tantas veces como fue necesario.
Somos los héroes silenciosos de nuestra propia historia.
Y cada caída, cada encuentro, cada despertar, nos ha acercado un poco más a casa: ese lugar sagrado donde el alma descansa en paz consigo misma, donde el amor propio florece y la luz interior guía el camino de regreso al corazón.