En esos momentos puede salir lo peor de ti, o lo más bello, pues viene de lo más profundo: tus heridas, tus miedos, tu vulnerabilidad, pero también tu verdad.
Cuando la calma desaparece, aparece el verdadero rostro, ese que no puede fingir.
Ahí no hay máscaras, solo autenticidad, lo que realmente eres.
Y aunque a veces duela mirarlo, ese rostro si tú lo eliges puedes ser el punto de partida de toda transformación.
Cada emoción es una puerta hacia la conciencia y quien se atreve a observarse en medio del caos, despierta.
Porque solo en la intensidad se revela la esencia, solo en la incomodidad florece la sabiduría.
Mira de frente a tus emociones, abrázalas, comprende de dónde vienen.
Cada una de ellas te muestra un fragmento de ti que aún espera ser comprendido con amor.
El verdadero rostro no es el que aparece cuando todo está en calma, sino el que se revela cuando la vida te confronta.
Ahí, en ese instante crudo y sincero, descubres quién eres de verdad, y quién estás llamado a ser.