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BIENAVENTURANZAS DEL DUELO

Bienaventurados los que se derrumban sin vergüenza, los que se quiebran en medio de la calle, en la fila del súper, en el silencio de su cuarto…

Porque entendieron que llorar no es rendirse: es honrar lo que fue tan HERMOSO que al irse, dejó temblando hasta el ALMA.

Bienaventurados los que no quieren “sanar rápido”, los que no buscan remedios exprés para el alma, los que se sientan con su duelo, le sirven un café amargo, y lo escuchan, aunque les arda.

Bienaventurados los que no olvidan, los que recuerdan aunque les duela, los que siguen pronunciando el nombre aunque ya nadie lo mencione.

Porque hay presencias que NO SE VAN…solo se vuelven invisibles.

Bienaventurados los que caminan con la mirada perdida y el CORAZÓN lleno de ausencias.

Porque ellos, aunque no lo sepan, llevan dentro la forma más pura del AMOR: aquella que no exige nada, que solo permanece.

Bienaventurados los que no saben cómo seguir, pero igual se levantan, hacen café, tienden la cama que nadie desordenó, y respiran.

Porque en esos actos mínimos habita una revolución silenciosa: la de seguir vivos sin el que era tu vida.

Bienaventurados los que se enojan con Dios, los que reclaman al cielo con la voz rota, los que maldicen por dentro y aun así miran arriba por si aparece una señal…

Porque incluso en su rabia hay fe, aunque no lo digan o lo acepten.

Bienaventurados los que no pretenden entender la muerte, los que aceptan que hay vacíos que no se llenan, que hay adioses que no se cierran y que hay amores que no caducan ni aunque pasen los siglos.

Bienaventurados los que siguen celebrando cumpleaños de quien ya no está, los que escriben cartas a sabiendas de que no habrá respuesta, los que guardan mensajes de voz como quien atesora milagros.

Bienaventurados los que se abrazan fuerte a sí mismos en las madrugadas de hielo, los que bailan con la tristeza sin música, los que han convertido su dolor en refugio, y su memoria en altar.

Bienaventurados los que se cansaron de fingir que están bien, los que se permiten ser frágiles, los que entienden que no todo lo roto se repara… pero todo lo amado deja raíz.

Bienaventurados ustedes, los de alma desgarrada, porque están aprendiendo a caminar sin suelo, a vivir sin mapa, a amar sin cuerpo.

Y eso, aunque nadie lo aplauda, es una forma salvaje, sagrada y eterna de resistencia.

Porque hay duelos que no se lloran.

Se sobreviven. Se respiran. Se transforman.

Y al final —cuando menos lo esperas— se convierten en una nueva forma de seguir diciendo:

"GRACIAS POR HABER EXISTIDO EN MÍ...”



Autor:Editorial

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