Warning: mysqli_stmt::close(): Couldn't fetch mysqli_stmt in /home/c2060665/public_html/articulo.php on line 137

¿QUÉ NOS LLEVAMOS REALMENTE DE LA VIDA?

Cuando llegue el momento de partir, ¿qué me voy a llevar de todo lo que tuve?

No podremos llevarnos la casa, ni el auto, ni el dinero, ni los títulos, ni las propiedades, ni los objetos que durante tantos años cuidamos como si fueran eternos.

Un día tendremos que soltarlo todo.

Y quizás ahí comprendamos una verdad sencilla, pero profunda: nunca fuimos verdaderamente dueños de nada. Apenas fuimos custodios durante un tiempo.

Entonces, ¿qué queda?

Quedan los abrazos que dimos cuando alguien necesitaba sentirse querido.

Quedan las sonrisas que provocamos sin saber cuánto las necesitaba el otro.

Quedan las manos que tendimos.

Las palabras que llegaron justo a tiempo.

Los silencios compartidos.

Las lágrimas que nos permitimos derramar.

Los amores que nos hicieron temblar el alma.

Las veces que perdonamos.

Las veces que nos equivocamos y tuvimos el valor de comenzar nuevamente.

Quedan las tardes sencillas, esas que en su momento parecían no tener ninguna importancia y que, con los años, descubrimos que eran precisamente la felicidad.

Queda la voz de alguien que amamos.

Una canción.

Un perfume.

Una mirada.

Una mesa alrededor de la cual fuimos felices.

Un niño que alguna vez tomó nuestra mano.

Un amigo que estuvo cuando todo parecía oscuro.

Y quedan también las personas en las que, de alguna manera, dejamos una parte de nosotros.

Porque quizás la verdadera riqueza de una vida no pueda medirse por lo que acumulamos, sino por lo que fuimos capaces de entregar.

Hay algo maravilloso en pensar que una parte de nosotros puede sobrevivir sin que nosotros estemos.

No necesariamente en grandes monumentos ni en libros de historia.

A veces sobrevivimos en cosas mucho más pequeñas.

En una enseñanza que alguien recuerda.

En una costumbre que alguien aprendió de nosotros.

En una frase que quedó dando vueltas en la memoria de un hijo.

En una sonrisa que alguien aprendió porque alguna vez se la regalamos.

En el modo de abrazar que quizás transmitimos sin darnos cuenta.

Tal vez la eternidad no consista en vivir para siempre.

Tal vez consista en haber tocado una vida de tal manera que algo de nosotros continúe viviendo en ella.

Por eso quizás la pregunta no debería ser solamente:

“¿Qué me voy a llevar cuando muera?”

Sino otra mucho más importante:

“¿Qué voy dejando mientras vivo?”

Porque lo que nos llevamos, en realidad, no son las cosas.

Nos llevamos lo vivido.

Nos llevamos la intensidad de haber amado.

La emoción de haber reído.

El aprendizaje de haber sufrido.

La valentía de habernos levantado.

La paz de haber perdonado.

La certeza de haber dado, alguna vez, lo mejor de nosotros.

Y si existe algo parecido a la eternidad, quizá sea eso:

haber vivido momentos que dejaron una huella que el tiempo no pudo borrar.

Al final, la vida no parece preguntarnos cuánto tuvimos.

Nos pregunta cuánto sentimos.

Cuánto amamos.

Cuánto dimos.

Cuántas veces fuimos capaces de estar para alguien.

Y quizás, cuando llegue la hora de cerrar nuestro propio libro, descubramos que las páginas más importantes no fueron aquellas en las que conseguimos algo, sino aquellas en las que fuimos profundamente humanos.

 

Porque no somos dueños del tiempo.

No somos dueños de las personas.

No somos dueños de las cosas.

Ni siquiera somos dueños de nuestra propia permanencia.

Pero hubo momentos que sí fueron nuestros.

Ese abrazo.

Esa lágrima.

Esa risa.

Ese amor.

Ese perdón.

Ese instante en que la vida nos atravesó por completo y nos hizo comprender que estábamos vivos.

Eso sí nos pertenece.

Y quizás sea precisamente eso lo que, de alguna manera misteriosa, nos llevamos.

No las cosas que tuvimos.

Sino todo aquello en lo que nos transformamos mientras las vivimos.

Y cuando ya no estemos, tal vez una pequeña parte de nosotros continúe caminando por el mundo en aquellos que amamos.

Entonces comprenderemos que morir no es desaparecer completamente.

Porque mientras alguien nos recuerde con amor, mientras una enseñanza nuestra siga dando frutos, mientras una sonrisa que provocamos vuelva a aparecer en otro rostro...

una parte de nosotros todavía estará viviendo.

Quizás esa sea la única forma de eternidad que realmente importa.

No haber tenido una vida interminable, sino haber hecho que nuestra vida haya significado algo para alguien.



Autor:Editorial

Comentarios

Comentar artículo