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Hay algo que me sucede con frecuencia y que, hasta el día de hoy, sigue llamando mi atención.
Muchas veces una persona se acerca a mí y, casi sin saludar, comienza a hablar.
A veces me habla de sus tristezas, otras veces de sus éxitos, de sus problemas económicos, de la pareja que perdió, del negocio que acaba de construir, de política.. de religión, habla de sus miedos, sus sueños.
De las injusticias que vivió y de todo lo que cree que es.
Mientras la escucho, tengo la sensación de que no solo habla la persona.
También habla la historia que lleva años repitiéndose.
Habla el personaje, habla el miedo, habla el orgullo.
Habla la necesidad de ser reconocido, habla la culpa, hablan las heridas, las creencias. Hablan las etiquetas.
Y, curiosamente, da igual si la historia parece positiva o negativa, porque sigue siendo una historia.
Por eso casi nunca interrumpo. Escucho.
Escucho hasta que la persona termina de vaciar todo aquello que lleva dentro.
Solo entonces, cuando el relato parece haber llegado a su punto más intenso, hago una pregunta.
Nunca es la misma.
No existe una pregunta universal.
Cada persona necesita escuchar una diferente.
Y esa pregunta no busca darle una respuesta.
Busca interrumpir el movimiento automático de su mente.
Entonces ocurre algo que siempre me sorprende.
Por un instante, todo parece detenerse. Lojos cambian. La respiración cambia. El rostro se relaja.
Donde antes había tensión aparece una sonrisa serena.
Es una expresión difícil de describir.
No parece la sonrisa de quien resolvió un problema.
Se parece más a la de alguien que, por un instante, dejó de identificarse con él.
Tengo la impresión de que, durante esos pocos segundos, la persona ya no escucha desde su personaje.
Escucha desde un lugar mucho más profundo.
Como si todas las capas de miedo, orgullo, éxito, fracaso, creencias y etiquetas se hicieran a un lado.
Como si, detrás de todo eso, existiera un espacio que nunca estuvo roto.
Pero ese instante suele durar muy poco, dos segundos, quizás tres.
Después, el programa vuelve.
La historia continúa exactamente donde se había detenido.
Y entonces comprendo que ese fenómeno no solo ocurre en los demás.
También ocurre en mí.
Todos tenemos programas.
Todos tenemos personajes.
La verdadera pregunta no es cómo destruirlos.
La verdadera pregunta es:
¿Quién eres cuando, por un instante, todos ellos guardan silencio?
Durante mucho tiempo me pregunté por qué algunas personas sienten una atracción tan profunda por experiencias que otros jamás comprenderían.
Lanzarse desde un avión. Hacer bungee jumping. Escalar una pared de roca. Descender a cuevas inmensas. Cruzar un río con una fuerza desbordante.
Caminar al borde del vacío.
Muchos pensarán que buscan adrenalina.
Quizá sea una parte de la respuesta.
Pero, en mi experiencia, intuyo que existe algo más profundo, incluso si quienes viven esas experiencias no siempre pueden ponerlo en palabras.
Tengo la impresión de que, durante esos instantes, dejan de ser quienes creen que son.
El pasado desaparece, el futuro desaparece.
Las preocupaciones y las etiquetas desaparecen.
El personaje guarda silencio y solo existe el instante..la presencia.
Y es precisamente esa presencia la que parece brindar una sensación de libertad difícil de encontrar en la vida cotidiana.
Creo que, por un momento, la mente deja de dominar toda la experiencia y aparece un estado en el que la conciencia ocupa el primer plano.
Y, quizá sin darse cuenta, recuerdan cómo se siente vivir sin el peso de la identidad.
Por eso no me pregunto tanto por qué buscan esas experiencias, me pregunto por qué necesitamos llegar a un límite para recordar una presencia que, tal vez, siempre ha estado dentro de nosotros.
¿Y si esa misma libertad pudiera descubrirse sin saltar al vacío?
¿Y si el verdadero desafío no fuera enfrentarse al peligro, sino permanecer plenamente presente en la sencillez de la vida cotidiana?
¿Quién eres cuando desaparecen tus historias, tus creencias y tus programas?