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Hay una etapa en la vida de una mujer en la que algo cambia.
No necesariamente ocurre en un cumpleaños determinado. A veces llega después de una separación, de la llegada de un hijo, de terminar una carrera, de conseguir aquel trabajo por el que tanto luchó, de atravesar una pérdida o simplemente una noche cualquiera en la que se mira al espejo y se pregunta:
“¿Y ahora qué quiero para mí?”
Entre los 30 y los 50 años, muchas mujeres ya han recorrido un largo camino.
Algunas se recibieron, construyeron una profesión y aprendieron a sostenerse solas. Otras fueron madres y pusieron gran parte de su vida al servicio de sus hijos. Algunas atravesaron una maternidad en soledad. Otras eligieron no ser madres y dedicaron sus energías a su profesión, sus sueños, sus afectos o sus proyectos.
Pero detrás de cada historia hay algo en común: una mujer que ha aprendido a sobrevivir, a resolver, a levantarse y a continuar.
Y quizás el próximo desafío ya no sea sobrevivir.
Quizás sea vivir de una manera más consciente.
Aprender a elegirse
Durante muchos años, la mujer suele acostumbrarse a cuidar a los demás: hijos, pareja, padres, familia, compañeros de trabajo, amigos.
Y en ese ejercicio de estar para todos, algunas veces termina quedando última en su propia lista.
Por eso, uno de los mayores aspectos del crecimiento personal es aprender que cuidarse no es egoísmo.
También es necesario preguntarse:
¿Qué necesito?
¿Qué me hace bien?
¿Qué ya no quiero tolerar?
¿Qué sueño dejé pendiente?
¿Qué parte de mí abandoné para cumplir con las expectativas de los demás?
A veces crecer no significa agregar algo a nuestra vida. Significa sacar aquello que nos pesa.
Hacer las paces con la mujer que fuimos
No podemos construir una nueva etapa odiando a la mujer que fuimos.
Aquella mujer que se equivocó también hizo lo que pudo con las herramientas que tenía.
La que eligió mal una pareja aprendió.
La que soportó demasiado aprendió.
La que se quedó donde no era feliz aprendió.
La que tuvo miedo aprendió.
La que comenzó nuevamente, después de una caída, también aprendió.
Por eso, mirar el pasado no debería convertirse en un tribunal.
Debería convertirse en una escuela.
No somos nuestros errores. Somos también todo lo que aprendimos de ellos.
Recuperar la identidad más allá de los roles
Ser madre es maravilloso, pero una mujer no es solamente madre.
Ser profesional es importante, pero una mujer no es solamente su profesión.
Ser pareja, hija, amiga o compañera son partes de su historia, pero ninguna de ellas contiene toda su identidad.
Hay una mujer detrás de todos esos roles.
Una mujer que tiene deseos, sensualidad, curiosidad, sueños, proyectos, talentos, contradicciones y ganas de descubrir nuevas versiones de sí misma.
Y después de tantos años haciendo lo que debía hacer, quizás haya llegado el momento de preguntarse:
“¿Qué quiero hacer porque simplemente me hace feliz?”
No tener miedo de comenzar nuevamente
La sociedad muchas veces nos hace creer que existe una edad para comenzar.
Como si después de los 40 hubiera que resignarse.
Como si cambiar de profesión fuera una locura.
Como si enamorarse nuevamente fuera peligroso.
Como si estudiar algo nuevo fuera innecesario.
Como si viajar sola, emprender, bailar, escribir, crear o simplemente disfrutar fueran privilegios de la juventud.
Pero la vida no termina cuando dejamos de ser jóvenes.
La vida cambia.
Y muchas veces comienza una etapa extraordinariamente hermosa cuando dejamos de vivir para demostrar algo.
A los 30 todavía podemos estar construyendo.
A los 40 podemos estar reinventándonos.
A los 50 podemos descubrir que todavía tenemos muchísimo por vivir.
No existe una fecha de vencimiento para los sueños.
Cuidar la salud emocional
El crecimiento personal también implica aprender a reconocer aquello que nos hace daño.
Poner límites.
Alejarnos de relaciones que destruyen nuestra autoestima.
Dejar de buscar aprobación permanentemente.
Comprender que no todas las personas tienen que entender nuestras decisiones.
Y, sobre todo, aprender algo difícil:
no todo lo que perdemos es una pérdida.
Hay personas que salen de nuestra vida porque ya cumplieron su ciclo.
Hay lugares que debemos abandonar porque dejaron de hacernos crecer.
Hay versiones de nosotros mismos que también necesitamos dejar atrás.
Soltar no siempre significa dejar de amar.
A veces significa comenzar a respetarnos.
Construir independencia
La independencia no es solamente económica.
También es emocional.
Es poder estar sola sin sentir que estamos incompletas.
Es tomar decisiones sin necesitar permanentemente la aprobación de los demás.
Es saber que podemos amar profundamente sin perder nuestra identidad.
Y, cuando sea posible, construir también una independencia económica que permita elegir y no permanecer en lugares únicamente por necesidad.
Una mujer que puede elegir tiene una libertad diferente.
Volver a tener sueños propios
Quizás este sea uno de los puntos más importantes.
Después de años dedicados a estudiar, trabajar, criar hijos, pagar cuentas y resolver problemas, muchas mujeres descubren que saben perfectamente cuáles son las necesidades de todos los demás, pero ya no recuerdan cuáles son las propias.
Por eso hay que volver a soñar.
Aunque sea pequeño.
Aprender un idioma.
Viajar.
Estudiar.
Emprender.
Escribir.
Bailar.
Hacer ejercicio.
Conocer nuevos lugares.
Volver a enamorarse.
O simplemente sentarse una tarde con un café y disfrutar del silencio.
No todo sueño tiene que convertirse en una gran hazaña.
A veces el sueño es volver a sentirse viva.
Y quizás lo más importante: dejar de competir con el tiempo
Una mujer no tiene que competir con los años.
No tiene que parecer de 25 a los 45.
No tiene que demostrar que puede detener el tiempo.
Tiene que aprender a habitar la edad que tiene.
Cada etapa trae una belleza diferente.
La juventud tiene su fuerza.
La madurez tiene algo todavía más profundo: la conciencia de quiénes somos y de lo que ya no estamos dispuestas a perder.
Quizás el verdadero crecimiento personal no sea convertirse en otra mujer.
Quizás sea regresar a nosotras mismas.
A esa mujer que alguna vez tuvo sueños antes de que el mundo le dijera cómo debía vivir.
A esa mujer que todavía existe.
Solo estaba esperando que volviéramos a escucharla.
Porque después de los 30, de los 40, de los 50, todavía hay caminos por recorrer, historias por escribir, lugares por conocer y amores por descubrir.
Y quizás la pregunta más importante ya no sea:
“¿Qué esperan los demás de mí?”
Sino:
“¿Qué quiero hacer con la vida que todavía tengo?”
Porque nunca es demasiado tarde para comenzar.
Y hay una edad en la que una mujer deja de intentar ser la mujer que los demás esperan...
y comienza, finalmente, a ser la mujer que siempre quiso ser.