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Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión”. Así comienza una novela de Julian Barnes que me encanta. Sin embargo, ese principio es tramposo, porque no es una verdadera elección la que está en juego. Remite a modos de subjetividad. Sin duda hay personas que aman más y sufren más. También hay personas que aman menos y sufren menos.
Es la diferencia entre la subjetividad griega y la judeocristiana, en la medida en que esta última apunta a una interioridad y una experiencia pasional (o una pasión por la experiencia) en la que la vida se revela como singular —mientras que para los griegos esa idea de la vida como aventura patética no existía. Sufrían menos. Sabían mejor lo que tenían que hacer; por eso allí la neurosis no tenía lugar.
Ahora bien, la paradoja es que quienes aman menos no aman menos. Se aman a sí mismos y esa es la fuente de la locura. Freud decía de los paranoicos amaban su delirio como a sí mismos. Esto quiere decir que amarse a sí mismo es delirante y, por qué no, enloquecedor. Por eso Freud también decía que se ama para no enfermar: las dos colocaciones narcisistas de la libido son la hiponcodría y la melancolía.
Entonces, es preferible amar más y sufrir más, antes que amar menos y enloquecer de narcisismo. Pero eso no se elige. Porque lo que está en juego no es una situación, sino un modo de subjetividad. Lo único cierto es que quienes aman menos, son griegos o paranoicos. Y los que aman más es raro que no desarrollen algún tipo de neurosis, esa enfermedad que se tiene para no enfermar de uno mismo.