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Hay frases que se repiten una y otra vez en distintas partes del mundo.
“La policía no lo arresta porque es mi esposo”.
“No lo dejé porque no tenía a dónde ir”.
“Mi familia dijo que me lo merecía”.
“Perdí mi trabajo por haber alzado la voz”.
“Eran soldados”.
“Eran hombres poderosos”.
“Yo era apenas una niña”.
Detrás de cada una de estas frases hay una historia de dolor, de silencio y, muchas veces, de impunidad.
Si la finalidad de las leyes es proteger aquello que una sociedad valora, debemos hacernos una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Qué les estamos diciendo a las mujeres y niñas cuando nuestras leyes y nuestros sistemas de justicia no logran protegerlas?
Sin sistemas de justicia equitativos y funcionales, los derechos humanos no son más que palabras escritas sobre el papel.
Y para millones de mujeres y niñas, ni siquiera eso está garantizado.
Hoy sabemos que, en promedio, las mujeres en el mundo solo poseen dos tercios de los derechos jurídicos que tienen los hombres.
Y lo más preocupante es que ningún país ha alcanzado todavía la plena igualdad jurídica.
Pero el problema no termina en las leyes.
Incluso cuando existen normas que protegen a las mujeres, muchas veces no se aplican.
Esta brecha entre la ley y la realidad crea un sistema donde la justicia llega tarde, llega incompleta o, directamente, no llega.
Y cuando la justicia falla para las mujeres, algo más profundo comienza a quebrarse:
se debilita el propio Estado de derecho.
Por eso no podemos seguir perdiendo tiempo.
Debemos actuar ahora para garantizar que las mujeres y niñas puedan acceder realmente a la justicia.
Pero entonces surge una pregunta fundamental:
¿Qué significa, en la práctica, acceder a la justicia?
La justicia no es solamente castigar delitos.
La justicia es restablecer derechos.
Es desmantelar la discriminación estructural.
Es generar confianza en las instituciones.
Es prevenir futuros abusos mediante la rendición de cuentas.
Una justicia verdadera escucha a las víctimas, les cree, les ofrece reparación y exige responsabilidad a los agresores.
La justicia reconoce la dignidad, la voz y las libertades de las mujeres y niñas.
Porque los derechos de las mujeres no significan nada si no pueden hacerse cumplir.
Cuando hablamos de acceso a la justicia hablamos de leyes, tribunales y policías.
Pero también hablamos de sistemas sociales, comunitarios y culturales que deben garantizar que los derechos sean protegidos.
Para que esto ocurra, se necesitan al menos cinco pilares fundamentales.
Primero, leyes que protejan a mujeres y niñas de la violencia y que pongan fin a la impunidad.
Segundo, normas que eliminen la discriminación, garantizando igualdad salarial, acceso a la educación y oportunidades equitativas.
Tercero, sistemas judiciales libres de prejuicios de género, donde policías, fiscales y jueces no reproduzcan estereotipos que culpabilicen a las víctimas.
Cuarto, asistencia jurídica accesible para todas las mujeres, independientemente de su nivel económico, su idioma o su origen.
Y quinto, apoyo integral para quienes han sufrido violencia, incluyendo atención médica, psicológica y social.
Sin embargo, en la realidad actual, millones de mujeres siguen enfrentando enormes obstáculos para acceder a la justicia.
En siete de cada diez países, las mujeres encuentran más barreras que los hombres para hacer valer sus derechos.
Entre ellas se encuentran la discriminación, la falta de representación femenina en el sistema judicial, los costos económicos, la distancia a los tribunales, el desconocimiento de los derechos y la dependencia económica del agresor.
A esto se suman nuevos desafíos, como la violencia digital y los sesgos tecnológicos, así como las crisis humanitarias y los conflictos armados, donde la violencia contra las mujeres suele aumentar dramáticamente.
Frente a esta realidad, la justicia no puede ser un ideal abstracto.
La justicia debe construirse.
Debe escribirse en las leyes.
Debe aplicarse en los tribunales.
Y debe financiarse con recursos reales.
Los gobiernos tienen responsabilidades claras:
Combatir la impunidad.
Eliminar las leyes discriminatorias.
Fortalecer y financiar los sistemas judiciales.
Apoyar a las organizaciones de mujeres.
Y utilizar la tecnología y los datos para mejorar el acceso a la justicia.
Pero la transformación no depende solo de los gobiernos.
También depende de cada uno de nosotros.
Podemos aprender sobre nuestros derechos.
Podemos hablar y visibilizar estas injusticias.
Podemos apoyar a quienes trabajan por la igualdad.
Y podemos exigir a nuestros líderes que conviertan los discursos en políticas públicas reales.
Porque cuando las mujeres acceden a la justicia, los derechos dejan de ser palabras y se convierten en poder.
Y cuando la justicia protege a las mujeres y niñas, no solo se fortalece la igualdad: se fortalece toda la sociedad.