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A Vivirla Plenamente

Pocas cosas revelan tanto la relación que una persona mantiene consigo misma como la manera en que interpreta sus errores. Para algunos, equivocarse es simplemente parte de la experiencia humana. Para otros, cada fallo se convierte en una sentencia. Este trigésimo octavo acto de individuación consiste en separar el error de la identidad, comprendiendo que una acción equivocada no define el valor de quien la realiza.

El ego suele construir una lógica implacable: si fracasa, entonces es un fracasado; si se equivoca, entonces es incompetente; si pierde algo importante, entonces no merece éxito o amor. De este modo, acontecimientos concretos terminan transformándose en juicios globales sobre la propia existencia.

La psique madura aprende algo diferente. Aprende que los errores son acontecimientos, no identidades. Son experiencias que pueden contener información valiosa, límites reales, lecciones necesarias o simples consecuencias de la condición humana. Pero no constituyen una definición total de la persona.

Este acto exige una gran honestidad. No se trata de excusarse ni de evitar la responsabilidad. Al contrario. Implica reconocer plenamente el error, asumir sus consecuencias y aprender de él, sin añadir una condena innecesaria sobre uno mismo. La culpa puede corregir una conducta; la vergüenza tóxica intenta destruir a quien la cometió.

Muchas veces, detrás del perfeccionismo se esconde precisamente esta confusión. El individuo no teme equivocarse por las consecuencias objetivas del error, sino porque teme que el error confirme una vieja creencia de insuficiencia. Por eso reacciona con dureza desproporcionada cuando falla.

La individuación rompe lentamente ese mecanismo. Permite comprender que el valor esencial de una persona no aumenta con los éxitos ni disminuye con los tropiezos. Lo que cambia es la experiencia, el aprendizaje, la conciencia.

Cuando esta comprensión se integra, aparece una nueva libertad. Ya no es necesario vivir paralizado por el miedo a equivocarse. La energía psíquica deja de gastarse en proteger una imagen de perfección y puede dirigirse hacia algo más importante: vivir, experimentar, crear y crecer.

Porque quien convierte cada error en una condena termina evitando la vida.

Y quien aprende a equivocarse sin perderse a sí mismo comienza, por fin, a vivirla plenamente.



Autor:Editorial

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