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Hay personas que se marchan.
Y otras que, aunque se vayan, nunca terminan de irse.
Se quedan viviendo en lugares extraños.
En una canción.
En una calle.
En una forma de mirar el mar.
A veces creemos que perder es quedarnos vacíos.
Pero la vida rara vez funciona así.
Porque cada persona que pasa por nosotros deja algo detrás.
Una idea.
Una cicatriz.
Un aprendizaje.
Una forma distinta de entender el amor.
Durante mucho tiempo pensé que el valor de una historia dependía de cuánto duraba.
Hoy creo algo diferente.
Hay encuentros que duran años y apenas dejan huella.
Y otros que duran un instante y cambian el paisaje entero de nuestra vida.
Quizá por eso algunas despedidas no son finales.
Son transformaciones.
El recuerdo deja de doler.
La ausencia deja de pesar.
Y lo que un día fue pérdida se convierte en parte de nosotros.
No todo lo que se aleja desaparece.
Algunas cosas simplemente encuentran otra forma de quedarse.
Hay personas que se marchan de tu vida, pero nunca abandonan el lugar que ocuparon en ella.
A veces el amor no consiste en retener.
Consiste en agradecer que algo hermoso haya existido.
Porque al final, la vida no se mide por lo que conservamos.
Sino por todo aquello que nos transformó mientras estuvo.
Y quizá algunas personas nunca fueron una pérdida.
Quizá fueron el regalo.
Y si estás pensando en alguien ahora mismo… ya tienes la