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Hoy...
Es para reconocer el amor que permanece.
El que respira profundo cuando todo pesa.
El que sostiene en silencio.
El que elige quedarse cuando el ego quiere huir.
Amar, de verdad, es un acto espiritual.
Es mirar al otro como alma, no solo como cuerpo.
Es comprender que cada vínculo es un espejo
donde Dios nos enseña a expandir el corazón.
El amor real no siempre brilla,
pero abriga.
No siempre emociona,
pero transforma.
Y también es el amor infinito de ese ser querido
que partió a otro tiempo.
Porque el alma no desaparece,
solo cruza un umbral.
Y el amor que sembró en nosotros
sigue latiendo como una llama eterna.
Se vuelve guía.
Se vuelve fuerza.
Se vuelve presencia invisible que nos abraza desde lo sutil.
Hoy el amor no tiene una sola dirección.
Es círculo.
Es energía que fluye.
Es amor a Dios,
Esa Fuente que habita en todo lo que existe,
Esa conciencia infinita que nos sostiene incluso cuando no entendemos el camino.
Es amor a uno mismo,
porque quien no se honra,
no puede amar con plenitud.
Amarse es reconocerse parte de lo divino.
Es cuidar el templo del alma.
Es perdonarse.
Es elegirse.
Y es amor al Todo:
a la vida,
a la tierra,
al misterio que nos envuelve,
a cada ser que comparte este viaje.
Hoy celebramos el amor que se queda,
el que trasciende,
el que se transforma,
el que eleva.
Porque cuando el amor es verdadero
no se limita a una fecha,
no se reduce a una forma,
no termina con una ausencia.
El amor es Dios manifestándose.
Es el alma recordando su origen.
Es la certeza profunda
de que todos estamos unidos
en una misma luz infinita.