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Llegamos desnudos de todo, pero llenos de eternidad. Venimos del misterio y respiramos por primera vez como quien cruza un umbral sagrado. La vida nos toma en sus brazos y nos enseña a caminar entre la luz y la sombra, entre el gozo y el temblor.
Vivimos creyendo que somos solo cuerpo, pero somos memoria antigua latiendo en carne nueva. Somos el eco de nuestros abuelos, la sangre que recuerda, la raíz que busca la tierra. Cada paso pisa huellas viejas; cada latido guarda un legado invisible.
Y, sin embargo, aparece el temor.
El temor a partir.
El temor a soltar lo amado.
El temblor que revela nuestra fragilidad ante el gran tránsito.
Pero DIOS enseña en silencio a través de la naturaleza.
El árbol deja caer sus hojas y no se pierde.
La semilla se entrega a la tierra y no desaparece.
El sol se oculta y no deja de ser luz.
Así nos habla la tierra: la partida no es enemiga de la vida, es su hermana. Ambas danzan en un mismo círculo para que los años no pesen y comprendamos que todo es transformación.
La hora del regreso llegará cuando menos la pensemos.
Soltaremos lo que creíamos nuestro.
Y lo que parecía final será retorno.
No es un abismo de silencio, es un río que fluye hacia el hogar antiguo.
El abuelo se vuelve tierra, se hace surco fértil.
En la raíz del maíz renace su fuerza.
En el viento susurra su consejo.
Su legado no es carga, es semilla.
Germina en nuestra memoria, florece en nuestras manos, respira en nuestros hijos.
La partida no es un final absoluto, es cruzar el puente hacia la casa de las almas.
Es regresar al origen ancestral, donde habitan los que fueron y siguen siendo en otra forma.
El dolor por la separación existe; duele el vacío, duele la ausencia. Pero el amor no se interrumpe, solo cambia de vestido. Se vuelve raíz, se vuelve tierra, se vuelve cielo.
Somos fruto y también suelo.
Somos tránsito y permanencia.
Somos la vida que honra a los que regresaron a la luz
y el recuerdo que un día será semilla en otros.
Aceptar la partida es abrazar el ciclo completo.
Es comprender que no caminamos hacia el fin, sino hacia lo eterno.
Nacer, vivir y regresar no son tres destinos distintos, son un mismo viaje del alma que entra, aprende, ama…
Y vuelve a lo divino.