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INTRODUCCIÓN
En el presente artículo se procederá a abordar el tema de la violencia familiar, ligado ineludiblemente, en algunos casos, al maltrato en niños y adolescentes producto de ese núcleo conyugal.
Motivó mi elección de tratamiento de la presente temática el hecho de haber registrado, desde la institución escolar donde tiempo atrás me desempeñé laboralmente como Lienciada en Psicología, numerosos casos de violencia familiar. Niños y adolescentes llegaban casi diariamente al gabinete psicopedagógico en el afán de ser escuchados o habiendo sido derivados por autoridades a causa de indicadores específicos preocupantes. Indagando en sus vivencias, pensamientos y experiencias, observé la predominancia de ambientes violentos y de diversas formas de maltrato hacia los mismos, y me sorprendió la medida en que esta vulneración de los derechos humanos está extendida en nuestra sociedad.
En el afán de comprender e interpretar esta problemática procedí a ejemplificar con casos surgidos en el colegio en donde trabajé.
Se entiende por “violencia familiar”(1)
[…] toda acción, omisión o abuso dirigido a dominar, someter, controlar o agredir la integridad física, psíquica, moral, psicoemocional, sexual y/o la libertad de una persona en el ámbito familiar, aunque esa actitud no configure delito. Quedan comprendidos en este plexo normativo, todas aquellas personas que sufriesen lesiones o malos tratos físicos o psíquicos por parte de algún integrante de la familia, entendiéndose como tal el surgido del matrimonio, uniones de hecho o de relaciones afectivas, sean convivientes o no, persista o haya cesado el vínculo, comprendiendo ascendientes, descendientes y colaterales. (p. 90)
Cabe destacar, entonces, que hablar de violencia familiar no sólo tiene que ver con el daño físico que un miembro de la familia pudiere ocasionar a otro, sino que también entran otros factores en juego, en igual o mayor medida.
Es importante, asimismo, poner de manifiesto que, al hablar de violencia cotidiana, tiene lugar la negación del otro, un desconocimiento de su subjetividad, de sus deseos, pensamientos y sentimientos. Tiene que ver con alguien que “se mueve en relación a otro en el extremo del control y de la exigencia de obediencia y sometimiento, cualquiera que sea la forma como esto ocurre en términos de suavidad o brusquedad […]”(2).
Como se planteó anteriormente, en muchas ocasiones, estos casos de violencia familiar traen también aparejados el maltrato hacia los niños o adolescentes producto de ese vínculo conyugal, que conviven en esos ambientes hostiles, de violencia, y que, sin concebir desde su esquema vital, desde su mapa psíquico, otros modos de enfrentamiento a las situaciones, recurren, a veces, a medidas extremas como los intentos de suicidio y las autoagresiones.
ESPECIFICACIÓN DE CONCEPTOS Y ANÁLISIS DE CASOS

Espacios psíquicos de violencia
Para comenzar, resulta importante describir la forma en que se construyen en las subjetividades los espacios psíquicos de violencia, el modo en que la violencia pasa a ser una forma de estar en el mundo.
La vida humana transcurre en un espacio psíquico. El mismo engloba pensamientos, emociones, estilos de afrontamiento de situaciones, creencias, etc. Esto constituye nuestro mapa vital, nuestro mapa del mundo. Las situaciones y hechos que no están en ese mapa nos sorprenden, son vividas como ajenas posibilidades.
En el encuentro con otra persona, ambos espacios psíquicos se unen para dar lugar a un espacio psíquico relacional, cuyo ambiente generado tiene que ver con un estilo de comunicación único, tanto verbal como analógico, que plantea la posición que habrá de ocupar cada miembro.
Ahora bien, cuando nace el niño, este es incorporado a ese mapa, a ese espacio relacional, generándose así un espacio relacional familiar, del cual los niños adquieren una forma de estar en el mundo, un modelo de estar en el mundo, un mapa interno acerca de cómo se es persona. La forma de vivir de los padres crea el espacio psíquico que los hijos viven.
El sistema nervioso central se adapta funcionalmente a la configuración relacional propia del vivir, como un fluir. Vale decir que comienza a funcionar de acuerdo a esas creencias, pensamientos, emociones y comportamientos, y a filtrar información de acuerdo a ello. Así es que se dice que una persona “no ve lo que no está preparada para ver”, dado que el sistema nervioso no se activa para ello. Se filtra la información, se percibe, en virtud del mapa vital, siendo inconcebible aquello que queda por fuera.
Es así como se introduce en el sujeto la violencia como una forma de estar en el mundo.
Cabe mencionar, asimismo, que, a su vez, los espacios psíquicos familiares se ven influidos por los espacios psíquicos culturales, punto en el que no habrá de detenerse en esta ocasión, puesto que rebasa los propósitos de este artículo.
Tipos de violencia
Ahora bien, cabe hacer una distinción entre los diferentes tipos de violencia (3):
Los niños, víctimas vulnerables
Los niños aparecen como una de las víctimas más vulnerables. Esto tiene que ver con una inmadurez en las estructuras psíquicas, que se van asentando, desarrollando y adquiriendo mayor fortaleza con el crecimiento. Este niño en desarrollo, convertido en víctima de violencia, no entiende muy bien lo que está pasando, en especial cuando la misma es ejercida por alguien de su confianza. No sabe a quién pedir ayuda ni cómo. Y, en ocasiones, ni siquiera sabe por qué ello está mal, ya que la violencia se configura, muchas veces, como su mapa vital, su forma de ser en el mundo, vive en medio de esa violencia y no puede concebir aquello que queda por fuera.
Los niños son víctimas vulnerables debido a la escasez e inefectividad de sus defensas, de su capacidad de afrontamiento de situaciones.
Maltrato en hijos
Dentro de la violencia familiar merece mención especial lo que se da en las que se dijeron que son las víctimas más vulnerables: los niños, y los adolescentes.
Como ya se ha dicho, las formas de violencia, las formas de mal-trato, abarcan diferentes modalidades. La Lic. Rocío Calvo (4) hace una clasificación —de la cual sólo se abordarán los ítems más relevantes a los fines del presente artículo— y habla de dos grandes grupos de formas de maltrato: 1) abuso; 2) abandono:
¿Señal de maltrato?
Cabe plantearse que las señales, signos, síntomas de maltrato se manifiestan, a veces, ya sea a través del discurso del niño o adolescente o del relato de adultos, así como también a través de su conducta en ámbitos familiares, académicos, etc. Se advierte, no obstante, que estas señales no deben ser tomadas como indicadores fehacientes de maltrato, pero que sí deben ser considerados, tomados en cuenta. Estos pueden ser: Agresiones, trastornos del sueño, trastornos en la alimentación, regresiones, comportamiento sexualizado, comportamientos obsesivos, aislamiento, docilidad extrema, alteraciones en el rendimiento escolar, pérdida de ilusión, intentos de suicidio, accidentes continuos, comportamientos extraños, trastornos en el habla, miedo. Cabe agregar, asimismo, las autoagresiones y la depresión.
Todo lo anterior se verá plasmado a continuación, en la presentación de los diferentes casos derivados al gabinete psicopedagógico de una institución educativa, sobre todo los ambientes violentos en que se encuentran insertos algunos alumnos, las formas de violencia que se presentan y los indicadores que pudieren estar en relación con las características de los ámbitos en donde viven.
Casos
CASO MACARENA (10 años)
Macarena llega, de forma espontánea, al gabinete a hablar conmigo, en el afán de ser escuchada. Lo primero que verbaliza es algo que plantea de forma directa y con claridad lo que ella está viviendo: “Sobre todos los problemas que ya tengo, tengo el de mis padres que pelean todo el tiempo”.
La niña es puesta constantemente en el medio de los conflictos de la pareja parental, violentándola de cierta forma, ejerciendo en ella un tipo de violencia emocional. Lo que ocurre es que el padre sale y, según su relato, se va a la casa del amigo, en donde se queda a dormir. La madre no cree que así sea. Y Macarena es siempre testigo de estos episodios.
Me comenta, además, que el padre vuelve, a veces, ebrio. Ante esta situación, ella aparece en el intento de asumir un rol protagónico en un contexto en el que no debería intervenir un niño. La niña hace prometer al padre que no volverá más en ese estado a su casa. Asume el problema de los padres como problema propio: “No, pero es mi problema también, porque a mí me prometió que no lo haría más”. Esta asunción del problema como propio es motivada por la madre, quien, cuando el padre regresa al hogar en estado de ebriedad, recurre a usar, en cierta forma, a la niña de instrumento, enviándola a recordarle al padre acerca de su promesa hacia ella y el evidente incumplimiento de la misma.
Lo último que llegó a comentarme fue: “Mi papá se va a ir por un mes a trabajar para que mi mamá se despeje; se va la semana que viene”. Es claro el ambiente de violencia de la pareja parental en que viven insertas tanto la niña como su hermanita quien, además, teme que el papá nunca regrese esta vez.
Macarena, además, manifiesta miedo de que los padres se separen, trastornos del sueño (algunas noches no puede dormir porque está preocupada), problemas conductuales en la escuela y bajo rendimiento escolar.
CASO VICTORIA (10 años)
Victoria también se acerca a hablar conmigo de forma espontánea, sin ser derivada por ninguna autoridad del colegio. Lo primero que manifiesta es ser testigo de una situación conflictiva (peleas, gritos, insultos, llantos) entre los padres, sobre todo cuando vuelven de alguna fiesta. Y me relata unos cuantos episodios en donde, al igual que en el caso de Macarena, se ve a una niña violentada, siendo testigo constante de violencia entre los padres.
A través de su relato, además, se pone en evidencia la presencia de una cierta violencia económica: “Mi mamá miente que mi papá no le da plata, y él sí le da. Mi mamá le pide plata a mi papá y él dice que no tiene, y sí tiene. No me gusta que mientan. Mentir es pecado”.
Sostiene, además, que no puede dormir bien, evidenciándose trastornos del sueño.
Asimismo, la niña presenta un bajo rendimiento escolar, se la ve sola, hay ausencia de los padres, una falta de disponibilidad emocional para con ella, una de las formas en que se configura la violencia o abandono emocional: Nunca asisten a reuniones cuando se los cita desde la institución educativa y se observa a la niña descuidada en general, en su vestimenta y sin ayuda para hacer las tareas del colegio en la casa. Además, de acuerdo al testimonio de una maestra, la madre ejercería violencia física sobre ella porque cree que hace llorar a la hermanita menor, porque entra en su cuenta de Facebook, o porque le agarra el celular; y el padre llegaría a su casa borracho, haciendo uso de la fuerza física para mantener relaciones sexuales con la madre.
CASO EMILIA (12 años)
Emilia es originalmente derivada al gabinete del colegio por la directora, a causa de una pelea que tuvo con una compañera. Más tarde, la joven comenzó a autolesionarse: Se cortaba las venas con distintos elementos punzantes. Llegó a escribirse, en la muñeca, con cortes, la palabra “DIE” (que quiere decir “Muere” en inglés). Presentaba problemas conductuales, faltaba el respeto de forma constante a autoridades del colegio y a su propia madre. Disminuyó, además, el rendimiento escolar: Se negaba a trabajar, razón por la cual dejaron de mandarla a profesor particular; expresó que no puede estudiar y que se bloquea.
En entrevista con la alumna, se pone de manifiesto una muy mala relación con su madre y una prácticamente nula relación con su padre (cabe destacar que los progenitores se encuentran separados). Sostiene que se corta porque el padre no la quiere, nunca la quiso, y porque ahora la reemplazó por su nueva novia; afirma que recurre al autoflagelo “para llamar la atención” y que no le duelen sus heridas. Se afirma que este mecanismo busca anular emociones desagradables, acallar un dolor psíquico con uno físico, y provocaría cierta relajación a causa de la liberación de endorfinas que se produce como consecuencia de los cortes(5)
Este abandono emocional del padre sumado a la mala relación con la madre, entre otros factores, podrían ser ejes fundamentales a la hora de tratar los indicadores que presenta Emilia en su conducta. Se le realizó derivación a profesional psicólogo por fuera de la institución educativa de modo que pudiera iniciar un tratamiento.
CASO AGUSTÍN (12 años)
Agustín llega derivado al gabinete angustiado tras un episodio de maltrato físico por parte de la madre. Esta lo habría pegado a causa de que el joven no quería asistir a fútbol debido al cansancio que tenía y a las altas temperaturas de aquel día.
El adolescente pone de manifiesto, además, una situación de violencia económica entre sus padres divorciados, que lo coloca a él mismo en el medio de la disputa y como mediador entre sus progenitores. Sostiene que la madre expresa que el padre miente en el tema económico, que no se hace cargo del hijo en ese sentido, razón por la cual la madre habría recurrido a la justicia. En medio de este ambiente hostil, Agustín debe, además, ser el mensajero entre sus padres, ya que entre ellos no existe el diálogo; por lo tanto, se encuentra, de forma constante, entregando mensajes violentos de uno a otro, siendo testigo de menosprecios, insultos, desprecios y críticas entre sus propios padres, y viviendo todo aquello que estos se niegan a tratar entre ellos, como adultos. La madre, además, lo castiga emocionalmente pretendiendo que su hijo tome partido por ella y lo acusa de no defenderla.
La progenitora, además, habría estado internada, en el pasado, en una clínica de salud mental por razones que se desconocen. Y se dio a conocer que una ex pareja de la misma habría entrado por el techo de la casa en un intento de ahorcarla.
Como es claro, el ambiente en el que vive inserto Agustín es de mucha violencia.
Sin embargo, no se han presentado aún indicadores de alerta en el adolescente, más que la angustia y el llanto al momento en que tuvo lugar el episodio de violencia física por parte de la madre.
Se habrá de estar atento, no obstante, a cualquier manifestación que pudiere tener lugar.
Y, además, se procedió a hacer una derivación a profesional psicólogo con orientación familiar, con miras a tratar la problemática en los vínculos y prevenir posibles dificultades en el adolescente.
CASO NARDO (12 años)
Nardo es un adolescente que, al igual que los anteriores, vive en un ambiente hostil, de constantes peleas entre sus progenitores. Su caso salió a la luz debido a que, ante ciertos estímulos, el joven tenía reacciones violentas: Golpeaba bancos, tiraba carpetas, pateaba sillas y lloraba.
Sostiene que nadie lo quiere, que en la escuela “no hay lugar para él” debido a malas relaciones con sus compañeros.
Tuvo lugar, además, un fuerte llamado de alerta de su parte: Había enviado un mensaje a través de WhatsApp, despidiéndose de sus compañeros. De acuerdo a su testimonio, lo habría hecho para ver cómo reaccionaba su entorno, y se muestra sorprendido ante la cantidad de personas que, efectivamente, “reaccionaron”.
Presenta, además, una disminución en su rendimiento escolar.
Se pone de manifiesto así cómo, las malas relaciones vinculares en medios hostiles, pueden llevar a una marcada disminución en la autoestima.
CASO FÁTIMA (14 años)
Fátima llegó llorando al gabinete del colegio a razón de dificultades en el ámbito académico.
Tiene problemas en la casa (situación conflictiva constante entre los padres) y en el colegio (mal rendimiento escolar; afirma no poder estudiar, distraerse con facilidad). Y sostiene, además, “que está siempre histérica”, contesta mal “de la nada y no sabe por qué”.
En entrevista con ella, se refería de forma constante pero sin querer explicitar de qué se trataba, a su “problema psicológico”. Esto había tenido que ver con trastornos alimenticios, razón por la cual se encuentra en terapia psicológica.
CASO AGUSTINA (16 años)
Agustina fue derivada al gabinete debido que presenta claustrofobia y ataques de pánico.
La adolescente remarca, de forma constante, que siente que los padres no la valoran y que la madre no le da libertad, que no le permite tener amigos fuera de la escuela, que le reclama el buen vínculo que tiene la joven con la familia paterna: “¡¿Cómo los vas a querer?! ¡Siendo que ellos me hicieron tanto daño!”. A su decir: “Me echaba la culpa de que mi abuela me quiera. Y hace todo para que deje de quererla”. Esta prohibición de elegir los amigos, este aislamiento al que se la somete, esta privación de oportunidades para establecer relaciones sociales, constituye una forma de violencia psicológica, al igual que este intento de manipulación de las relaciones de Agustina con su propia familia paterna.
Afirma, además, sentirse muy angustiada, no tener dónde descargarse, ya que cuando llora en la casa la madre la reta; hay
una desestimación, desvalorización de sus sentimientos; y expresa tener mucha carga al deber ocuparse de sus hermanos por designio de la progenitora.
Cabe agregar, además, que la madre también sufre de claustrofobia y, también, de depresión.
Expresa: “Admiro a las personas que no tienen problemas. Yo tengo un problemita todos los días, hasta que me muera: Mi mamá”.
CASO BELÉN (16 años)
He decidido dejar este caso para el final, debido a que en él se ven reflejados altos grados de diferentes tipos de maltrato y numerosos indicadores preocupantes que podrían desencadenarse en finales trágicos.
Este caso será elevado a la justicia.
El caso de Belén estuvo derivado al gabinete durante años. En el último ciclo lectivo, la adolescente presentó un episodio de crisis, llantos y gritos en un baño de la institución.
Belén vive con su papá, su mamá y su hermana menor. Tiene una muy mala relación con estas dos últimas.
El ambiente en el que vive se presenta como sumamente hostil. Hay una muy mala relación entre los padres. El progenitor —quien oscila entre su presencia y ausencia debido a razones de trabajo— habría sido infiel, razón por la cual la progenitora se posiciona siempre en un lugar de sospecha y cuestionamiento. Esta hace que su hija controle, “investigue” al padre, que revise su celular y sus cosas. Obedeciendo a su madre, la adolescente encontró evidencias de infidelidad, encontró fotos y otros elementos. La madre, además, culpa a Belén de las infidelidades del padre, por no haberle avisado acerca de ello: “Por tu culpa peleamos, por tu culpa… porque no me cuentas”.
La joven describe a su madre como una persona fría, y la califica reiteradamente como “vacía”; y, a su padre, como alguien muy amoroso pero “que tiene estallidos, como bipolar”. La relación entre los progenitores es de violencia física y psíquica. El padre golpea a la madre. En ocasiones, Belén interviene tratando de defender a su madre y, según su testimonio, “liga un golpe ella también”. Al decir de la adolescente: “A veces, cuando mis papás pelean, yo me encierro a ver tele hasta que escucho que mi mamá llora, que es porque ya la pegó”.
Cuenta asimismo, que en ocasiones, cuando los padres pelean, la madre se sube al techo de un gimnasio de su pertenencia, de donde se niega a bajar. Así relata Belén los “papelones” (citando sus palabras) constantes que vive.
La madre le pregunta qué debe hacer con el padre, poniendo a la hija en una posición de toma de decisiones que no le corresponde, corrompiéndola, violentándola, de cierta forma. Le dice, además: “Sabes que tu padre no tiene problema en dejarnos. En cualquier momento nos puede dejar e irse con otra mujer y tener otros hijos”. Le prohíbe junto con su padre y hermana, por otro lado, opinar, cuando se tratan temas en familia: “Vos no opines, vos estás enferma”. Se la excluye.
La progenitora, además, priva a Belén de las oportunidades para establecer relaciones sociales, no le permite tener amigos en el barrio, fuera del colegio, porque afirma que “no le gusta la gente de ahí”. Y le habría inculcado, desde que la adolescente era muy joven, que no debe confiar en nadie, ni en sus propios padres, que en cualquier momento la pueden traicionar. ¿Cómo puede, una adolescente —con todos los cambios y replanteos que la adolescencia implica— sentirse segura si se le dice que no debe confiar en quienes deberían ser la base misma de su seguridad?
La joven relata un episodio que tuvo lugar en Año Nuevo: Ella quería salir a la vereda a saludar y hablar con los vecinos, razón por la cual ambos padres habían expresado: “Nos arruinaste el día. Ahora todo el año está arruinado, gracias a vos”.
Ahora bien, ¿qué pasa con Belén luego de haber crecido y seguir estando en medio de estos grados extremos de violencia en la pareja parental y de la pareja parental hacia ella?
Belén ha tenido intentos de suicidio y amenazas de suicidio. Ella se define como una persona “muy neutral”, a quien le da lo mismo todo, le da lo mismo morir o vivir, a quien nada le gusta, quien no encuentra nada bueno en la vida. Se observa una pérdida de ilusión y de noción de sentido de la vida. Sostiene que hace las cosas que hace, como estudiar cocina, sólo porque las tiene que hacer, para distraerse, o para poder el día de mañana independizarse, pero no porque encuentre ningún placer en ello.
La adolescente presenta, además, trastornos de alimentación desde los 10 años. Esto habría tenido su origen debido a que la madre, enojada, solía decirle que estaba gorda y la criticaba por no poder ser como sus primas. Belén, entonces, habría comenzado a vomitar entre 8 y 10 veces al día.
Se encuentra, por otro lado, medicada por un psiquiatra, quien le diagnosticó bulimia, anorexia y trastorno de ansiedad y angustia. La adolescente expresa cierto placer por tomar la medicación debido a que esta le provoca mucho sueño y la hace dormir todo el tiempo. Sostiene que en la casa está siempre con sueño, que duerme la siesta hasta las 20 hs., generalmente, y que se quedó dormida varias veces en clase también.
Expresa que, a veces, “explota” y “revolea un plato”: “Si a mi madre no le importa de mí, ¿por qué a mí me importaría?”
Sostiene que piensa en el suicidio pero que, mientras tanto y por las dudas, quiere ir haciendo algo, razón por la cual está estudiando cocina: “Porque, si no me suicido, no quiero haber perdido el tiempo, no quiero ser una mantenida”, expresa. Afirma que lo único que quiere es irse de su casa, y que la madre también la castiga por ello.
De los casos citados
Puede observarse cómo, al estar insertos en un ambiente hostil, de violencia familiar, los hijos presentan, efectivamente, diferentes signos de maltrato, ya sea que esta violencia fuere directamente dirigida hacia ellos o que ellos deban ser testigos y convivientes constantes de situaciones de violencia. Niños y adolescentes llegan al gabinete por distintos motivos, que habrán de ser analizados, y en el camino se encuentran indicios claros de violencia familiar.
Es de destacar, también, la predominancia de una forma de abuso emocional: aparecen —por mandato de los propios padres— los hijos como mensajeros, testigos, intermediarios y detectives en los conflictos de la pareja parental. Los hijos son corrompidos, sobornados, obligados a posicionarse en medio de la violencia.
Se había dicho anteriormente que el sistema nervioso central se adapta a la configuración relacional propia del vivir, que funciona de acuerdo a esas creencias, pensamientos, emociones y comportamientos presentes en el mapa vital en virtud del cual se percibe la información. Así es que se dice que una persona “no ve lo que no está preparada para ver”, dado que el sistema nervioso no se activa para ello.
Pues bien, esto puede verse reflejado en el caso de Belén. Luego de años de estar inserta en la violencia, la adolescente siente que le da lo mismo vivir o morir, no puede ver más allá de la hostilidad que vive diariamente, hay una pérdida de ilusión y una descreencia en cualquier buen sentido que la vida pudiere tener. Se sostiene, así, que “la desesperanza se considera el factor psicológico más influyente en relación con el riesgo de conducta suicida [1).
Podría afirmarse que un mal clima familiar podría ser, entonces, “un caldo de cultivo para el acto suicida”. Vale decir (2)
El clima emocional en el cual convive el menor es importante. Un hogar roto, con discusiones y peleas frecuentes entre los padres, el maltrato físico al niño o el psicológico en forma de rechazo manifiesto, humillaciones y vejaciones, o un hogar sin normas de conductas coherentes con el papel de cada miembro de la familia, pueden ser un caldo de cultivo para la realización de un acto suicida.
Cabe remarcar que esto apunta, especialmente, a niños y/o adolescentes, debido, como ya se dijo, a la inmadurez de sus estructuras psíquicas, de sus defensas, de su capacidad de afrontamiento de situaciones.
CONCLUSIÓN
Resulta difícil hablar de violencia familiar sin hablar de maltrato a niños y/o adolescentes producto de las relaciones conyugales en las familias. La definición misma de violencia familiar comprende también a los descendientes surgidos del matrimonio, uniones de hecho o relaciones afectivas.
Aunque el núcleo conflictivo tenga que ver con la relación conyugal, por lo general los hijos son también afectados por la situación, aunque sea de forma indirecta. Los hijos son violentados, corrompidos, transformados en partícipes activos del conflicto parental.
Otras veces, el núcleo del conflicto no tiene que ver exclusivamente con la pareja sino que tienen lugar formas más directas de maltrato a los hijos.
Sea como fuere, en ciertos casos de violencia familiar, los menores presentan determinadas señales. Como se había afirmado, al abordar un caso que se supone que podría ser de violencia familiar, si bien estos signos no pueden tomarse como indicadores fehacientes de maltrato, deben ser considerados a la hora de analizar el caso.
Considero importante, por un lado, que desde la escuela (entorno desde donde fueron analizados los casos del presente artículo) se pueda establecer un entorno receptivo y contenedor y tomar las acciones necesarias para proteger a ese niño o adolescente que, muchas veces, es víctima en su propio hogar.
Por otra parte y en nuestra vida cotidiana, es muy importante estar alerta a los posibles indicadores de violencia y preparados para actuar como un factor protector desde el lugar que a cada uno le toque ocupar y dentro de las posibilidades de cada uno. Tener un panorama sobre el tema puede ayudarnos a detectar más fácilmente pedidos de ayuda que quizás no son explícitamente puestos en palabras, así como también a reflexionar sobre nuestro propio vínculo con nuestra pareja y nuestros hijos, o con nuestra futura/potencial pareja e hijos, y ayudarnos a ir preparándonos para dar lo mejor de nosotros mismos, siendo más conscientes y estando un poquito más listos para crear cosas buenas y sanas.
Queda, entonces, para la reflexión: ¿No hay lugar como el hogar?
1] ÁLVAREZ ARIZA, María et al. “Factores Asociados con la Conducta Suicida y Evaluación del Riesgo Suicida”, en http://www.guiasalud.es/egpc/conducta_suicida/completa/apartado04/factores%20asociados.html. Consultado el 9 de diciembre de 2014.
[2] PÉREZ BARRERO, Sergio Andrés. “El Suicidio, Comportamiento y Prevención”, en http://bvs.sld.cu/revistas/mgi/vol15_2_99/mgi13299.htm. Consultado el 9 de diciembre de 2014.
[1] PORCEL DE PERALTA, Gustavo Argentino et al. Anexo VII: “La Policía y la Función Asistencial”, en Protocolo de Actuación Policial ante Situaciones de Violencia Familiar. Córdoba, Argentina. 2009.
[2] SCARAFIA, Marcela. Secundo encuentro: “Violencia Familiar”, en Curso: Aportes de la Psicología a las Disciplinas Forenses – Abordaje Multidisciplinario. Universidad Nacional de Córdoba. 2014.
[3] PORCEL DE PERALTA, Gustavo Argentino et al. Op. cit.
[4] CALVO, Rocío. Quinto encuentro: “Maltrato”, en Curso: Aportes de la Psicología a las Disciplinas Forenses – Abordaje Multidisciplinario. Universidad Nacional de Córdoba. 2014.
[5] ADHARA, Ampuero. “Autolesiones en Adolescentes”, en http://reflexionpsico-logica.blogspot.com.ar/2012/08/autolesiones-en-adolescentes.html. Consultado el 10 de diciembre de 2014.