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Una niña de seis años, a quien llamaremos Camila, vive en República Dominicana y, como dos de cada tres niñas y niños latinoamericanos menores de 10 años, aún no ha desarrollado habilidades de lectura simples a pesar de asistir a la escuela el año pasado. Aunque su maestra trata de involucrar a los estudiantes a través de interesantes actividades grupales, Camila no puede concentrarse debido al calor y la falta de ventilación. Las ventanas están selladas para proteger el aula contra robos y el ambiente puede ser sofocante.
Los escritorios están fijados al suelo, lo que no permite a los niños moverlos para crear un círculo y, de esta manera, fomentar la colaboración. La lección de lectura describe los hermosos árboles nativos, pero la altura de las ventanas impide que los niños vean hacia afuera. Lo peor, aunque Camila no lo sabe, es que su aula podría colapsar si hubiera otro terremoto, como el registrado en Puerto Plata en 2003. Para colmo, su escuela estará cerrada entre agosto y octubre, privándola de la oportunidad de aprender. Y no será por la pandemia, sino por las habituales inundaciones durante la temporada de huracanes
América Latina y el Caribe enfrentan una crisis de aprendizaje, la cual ha sido exacerbada por la pandemia de COVID-19. No sólo hay una necesidad de tener más escuelas para atender al creciente número de estudiantes, sino también hay una necesidad de escuelas mejor construidas que promuevan la recuperación del aprendizaje. En medio de la creciente incidencia de desastres provocados por peligros naturales en la región, la evidencia muestra que la infraestructura escolar puede contribuir a mejorar los resultados educativos.
La infraestructura de buena calidad puede cambiar el entorno de aprendizaje de muchos niños y niñas como Camila, y contribuir a una mayor inclusión, seguridad y prácticas pedagógicas efectivas. Para asegurar que la infraestructura apoye eficazmente el aprendizaje, las autoridades deben tener en cuenta tres conceptos:
Y hay tres estrategias para avanzar en este camino:
Al adoptar estas ideas, los países pueden convertir la infraestructura escolar en una herramienta poderosa para mejorar los resultados de los estudiantes , haciendo posible que todos los niños y niñas de América Latina, como Camila, no sólo asistan a la escuela, sino que realmente aprendan.
Fuente. Banco Mundial